La audacia de Judá
La historia del origen de una de las cualidades más importantes que el pueblo de Dios necesita desar-rollar

José llegó, y las cosas se caldearon. Enviado por su padre para ver cómo estaban sus diez hermanos que pastoreaban rebaños lejos de casa, la presencia de José irritó a los muchachos. Años de animosidad estallaron en la decisión de matar al hijo de Raquel, el favorito del padre, el soñador mimado.

Antes de actuar, Rubén convenció engañosamente a sus hermanos para que lo arrojaran a un pozo, para que muriera de otra manera. Esto le daría a Rubén tiempo para rescatar a José en secreto y devolverlo a su padre. Rubén, el mayor, debería haber confrontado a sus hermanos. Debería haber defendido a José, a su padre, a la ley. En cambio, intentó resolver la conspiración con otra conspiración. No funcionó.

Mientras tanto, Judá, el cuarto mayor, estaba en conflicto. José era su hermano, el hermano de ellos, su propia carne y sangre. Parece que no quería esa sangre sobre su cabeza. Percibió una oportunidad cuando supo que se acercaba una banda de comerciantes ismaelitas. Es aquí donde la Biblia registra las primeras palabras de Judá:

“¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su muerte? Venid, y vendámosle a los ismaelitas, y no sea nuestra mano sobre él; porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne…” (Génesis 37:26-27).

“Y sus hermanos convinieron con él”, concluye el versículo 27. Pero José no estaba contento. Por apenas 20 piezas de plata, sólo dos piezas por cada hermano, fue esclavizado. Pero gracias a la intervención de Judá, estaba vivo.

Rubén, cuyo plan era desconocido por sus hermanos, no estaba presente cuando se realizó esta transacción. Más tarde, cuando regresó para descubrir lo que había sucedido, se angustió. Conspiró con sus hermanos, incluido Judá, diciendo una mentira traicionera a su padre sobre la muerte de José.

Al igual que Rubén, Judá debió haber hecho más para defender lo que era correcto, para honrar a su padre y proteger a José. Si bien este relato expone algunas de las fallas de Judá, también muestra su valor para al menos decir algo en una situación tensa. Hay un indicio de una cualidad aquí que vale la pena explorar: la audacia de Judá.

Más que un nombre

En la Iglesia de Dios de hoy, utilizamos ampliamente el nombre de Judá, por lo general en el contexto de la tribu de Judá, el linaje de Judá, la casa de Judá y el león de Judá.

La tribu de Judá era conocida por su audacia. A medida que la tribu crecía, se convirtió en una fuerza indomable dentro de Israel. “De Números 2:3 aprendemos que en el desierto, a Judá se le asignó el liderazgo en todas las marchas”, escribió Gerald Flurry. “Se trataba de una posición de honor impresionante. Judá condujo a Israel a la Tierra Prometida, un tipo del Reino de Dios. Judá recibió la primera parcela en la Tierra Prometida” (La Trompeta de Filadelfia, agosto de 2025).

Algunas de las personalidades bíblicas más audaces provienen de la línea de Judá: Caleb, David y, por supuesto, Jesucristo. El Sr. Flurry continuó: “Caleb, bisnieto de Judá y uno de los 12 espías originales, tenía habilidad y una gran fuerza como guerrero (Josué 14:11). Y por supuesto, el mayor guerrero judío de todos los tiempos fue el rey David. No cabe duda de que luchaba como un león”.

“En Apocalipsis 5:5, Jesucristo es llamado ‘el León de la tribu de Judá’. Existe algo que Dios ama en las cualidades de león que tiene Judá. Estudiar dichas cualidades de los judíos también nos ayuda a ver mejor las cualidades del verdadero León de Judá: Jesucristo”.

Esa comparación con un león nos lleva de vuelta a Judá el hombre.

Reputación repetida

Al final de su vida, Jacob, que se convirtió en Israel, reunió a sus hijos para revelarles el destino de cada uno de ellos y de sus descendientes. Su discurso en Génesis 49 es poderoso: los hijos recibieron evaluaciones sinceras, a veces poco gloriosas. Su padre mostró claramente que los rasgos que mostraron en su vida serían evidentes en su futura descendencia.

Por muchas razones, las palabras de Jacob a Judá destacan: “Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano en la cerviz de tus enemigos; los hijos de tu padre se inclinarán a ti. Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como león, así como león viejo: ¿quién lo despertará?” (versículos 8-9).

Luego, el versículo 10 contiene un profundo sentido histórico y profético. Judá, el cuarto hijo mayor y cuarto hijo de Lea, recibió la promesa del cetro, una promesa de oficio real y poder real. En Judá se estableció la línea real prometida que culmina en Jesucristo. Recibió una parte de la promesa en dos partes hecha a Abraham y reconfirmada con Isaac y Jacob. Esa es la promesa de la gracia, que presagia la salvación para la humanidad. ¡Qué honor para Judá! (Hay mucho más en este versículo que concierne a la Iglesia de Dios de hoy, sobre lo cual puede aprender en el libro de Gerald Flurry El nuevo trono de David).

Los hijos de José recibieron la otra parte de la promesa, la parte de la primogenitura. Puede conocer todos los detalles interesantes al respecto en el libro de Herbert W. Armstrong Estados Unidos y Gran Bretaña en profecía.

Volviendo a esta conexión con el león: las palabras de Jacob nos enseñan mucho sobre cómo era Judá como persona. Claramente, era audaz. Esa cualidad ha perdurado en su linaje. “Los judíos son descendientes de la tribu de Judá”, escribió el Sr. Flurry. “Dios ha utilizado a esta tribu de una manera especial. (…) El emblema que Judá se inspiró a usar para su estandarte fue un poderoso león. Históricamente, e incluso en nuestra época, el pueblo judío ha mostrado muchas cualidades de león. ¡Pueden ser feroces y audaces como un león!” (ibíd.).

Judá, el hombre, estaba lejos de ser perfecto. Cometió algunos errores horrendos en los años posteriores a la venta de su hermano. Pero creció y llegó a poseer la audacia por la que se hizo conocido. Encontramos más evidencia de esa audacia al volver a la historia de José.

Otro hermano

Para cuando retomamos la historia con más diálogo de Judá, mucho había cambiado en la vida de José. El hijo amado de Jacob, vendido como esclavo, había soportado pacientemente la prueba, había seguido fielmente la dirección de Dios en su vida y, asombrosamente, había llegado a ser el segundo al mando de Egipto.

Egipto y la región circundante estaban en medio de una hambruna terrible. José había preparado al pueblo para esta adversidad. Gente hambrienta de cerca y de lejos viajaba a Egipto para comerciar por grano y provisiones. Entre ellos estaban los hermanos de José.

En su primera visita, los 10 hermanos, sin saberlo, se encontraron e inclinaron ante José. Sabiendo quiénes eran, José preguntó por su familia. Se enteró sobre otro hermano, Benjamín, que permaneció en casa. No sólo mantuvo su propia identidad en secreto, José acusó a los 10 de ser espías. Exigió que verificaran su historia regresando con el joven. Fue una treta astuta que hizo que los hermanos recordaran su vergonzosa historia con José. La consternación los abrumó, al igual que a Jacob cuando sus hijos regresaron a casa. En realidad, hubo una excepción: Simeón no regresó, porque José lo había encarcelado como incentivo para que los demás regresaran.

Jacob, todavía dolido por la pérdida de José, no quería que Benjamín, su otro hijo nacido de Raquel, se uniera a la siguiente expedición a Egipto. Pero más tarde, cuando la primera ronda de suministros procedentes de Egipto se había agotado, tuvo que ordenar a sus hijos que regresaran por más.

A partir de este punto está claro que Judá se había convertido en el portavoz de la familia. Él dijo a su padre: “… Aquel varón nos protestó con ánimo resuelto, diciendo: No veréis mi rostro si no traéis a vuestro hermano con vosotros. Si enviares a nuestro hermano con nosotros, descenderemos y te compraremos alimento. Pero si no le enviares, no descenderemos; porque aquel varón nos dijo: No veréis mi rostro si no traéis a vuestro hermano con vosotros” (Génesis 43:3-5).

A Jacob le molestó que sus hijos hubieran mencionado siquiera a Benjamín. Explicaron que no tenían elección.

Entonces Judá abordó el dilema de Jacob con una propuesta audaz: “… Envía al joven conmigo, y nos levantaremos e iremos, a fin de que vivamos y no muramos nosotros, y tú, y nuestros niños. Yo te respondo por él; a mí me pedirás cuenta. Si yo no te lo vuelvo a traer, y si no lo pongo delante de ti, seré para ti el culpable para siempre” (versículos 8-9).

Fue Judá quien se levantó. Consciente de la situación crítica en la que se encontraba toda la familia si no obtenían comida, Judá asumió la responsabilidad. Incluso mientras demostraba respeto por el amor de su padre hacia Benjamín, arriesgó su vida.

Toma esta copa

Al regresar a Egipto, los hermanos fueron invitados a la casa de José. Fueron invitados a una comida extravagante. Se reunieron con Simeón. Y José vio a Benjamín. Esta fue una experiencia emocional abrumadora para él. Sin embargo, para perpetuar su estratagema, mantuvo su compostura.

Más tarde, José ordenó al mayordomo de su casa que llenara los sacos de sus hermanos con comida, que les diera tanto como pudieran cargar, y que devolviera su dinero en sus sacos. Pero había un truco: José le dijo al mayordomo que plantara su propia copa de plata en el saco de Benjamín.

A la mañana siguiente, los hermanos cargaron y emprendieron su viaje de regreso a Canaán. Siguiendo las instrucciones de José, su mayordomo los persiguió, los detuvo, preguntó por qué habían respondido a la bondad de José con tanta maldad y los acusó de robar la copa de José. Perplejos, los hermanos no creyeron las acusaciones y cuestionaron por qué pensaría que ellos insultarían así al segundo al mando de Egipto. Confiados en su inocencia, dijeron: “Si usted encuentra la copa en poder de uno de nosotros, que muera el hombre que la tenga. Y el resto de nosotros, mi señor, seremos sus esclavos” (Génesis 44:9; Nueva Traducción Viviente). El mayordomo declaró que todos serían liberados excepto el que robó la copa. Él se convertiría en un esclavo.

Rápidamente abrieron sus sacos. El mayordomo buscó desde el mayor hasta el menor. Y efectivamente la copa estaba en el saco de Benjamín, justo donde había sido plantada.

Los hermanos rasgaron sus vestidos. Sabían lo que esto significaba, para ellos, para su padre, para Benjamín. Volvieron a cargar todo y regresaron con tristeza a Egipto para enfrentarse a José.

Desesperados, se inclinaron ante este poderoso magistrado egipcio, quien les preguntó si no se daban cuenta de cuán poderoso era. Una vez más, fue Judá quien habló: “… ¿Qué diremos a mi señor? ¿Qué hablaremos, o con qué nos justificaremos? Dios ha hallado la maldad de tus siervos; he aquí, nosotros somos siervos de mi señor, nosotros, y también aquel en cuyo poder fue hallada la copa” (versículo 16).

Judá asumió la responsabilidad. Demostró una actitud de arrepentimiento. No responsabilizó a Benjamín.

Pero José sí responsabilizó a Benjamín, y sólo a Benjamín. “José respondió: Nunca yo tal haga. El varón en cuyo poder fue hallada la copa, él será mi siervo; vosotros id en paz a vuestro padre” (versículo 17).

Este se convirtió en un momento decisivo para Judá. Él había declarado audazmente ser el responsable de la vida de Benjamín ante su padre. Y ahora su palabra estaba siendo puesta a prueba.

Audacia con humildad

Judá se acercó a José y dijo: “… Ay, señor mío, te ruego que permitas que hable tu siervo una palabra en oídos de mi señor, y no se encienda tu enojo contra tu siervo, pues tú eres como Faraón” (Génesis 44:18).

Los 16 versículos que siguen relatan la explicación sincera, pragmática y audaz de Judá sobre las circunstancias de su familia. Citó a su padre y le explicó el dolor que le había causado la muerte de José. Lea todo el pasaje.

Judá concluyó: “Mi señor, yo le garanticé a mi padre que me haría cargo del muchacho. Le dije que, si no lo llevaba de regreso, yo cargaría con la culpa para siempre. Por favor, mi señor, permita que yo me quede aquí como esclavo en lugar del muchacho, y deje que el muchacho regrese con sus hermanos. Pues, ¿cómo podré regresar y ver a mi padre si el muchacho no está conmigo? ¡No podría soportar ver la angustia que le provocaría a mi padre!” (versículos 32-34; ntv).

La figura bíblica dominante en toda esta historia es José, así que nuestra inclinación natural es pensar en estas circunstancias desde su perspectiva. Pero Dios dedicó un espacio considerable en este capítulo para compartir los pensamientos más íntimos de Judá. Judá habló sinceramente, sin darse cuenta de que estaba dirigiéndose al hermano que había vendido fríamente como esclavo 22 años antes.

Es evidente que Judá había madurado. Su audacia se había fortalecido con humildad. Demostró un amor por su familia que no era evidente cuando era más joven. Ese fue un cambio que José anhelaba y que ahora podía discernir.

Abrumado por la súplica humilde y audaz de Judá, no pudo ocultar su verdadera identidad por más tiempo. Gritó en voz alta y proclamó a sus hermanos: “¡Soy José!”

Un rasgo familiar hoy

Examinar los orígenes de la audacia dentro de la tribu de Judá es fascinante. Es crucial que este rasgo se manifieste en nosotros. ¡Además, tenemos un ejemplo viviente que seguir que es de esa tribu!

“Las personas que hacen la Obra de Dios hoy en día deben entender esto profundamente: nuestro líder es el León de la tribu de Judá. Él es fuerte. Él es valiente. ¡Y este León debe vivir dentro de nosotros!”, escribió el Sr. Flurry (ibíd.).

Debemos reconocer nuestra necesidad de esta cualidad. “Ahora bien, seamos honestos, todos somos cobardes”, escribe el Sr. Flurry. “Pero cuando estoy siguiendo a Jesucristo, puedo ser muy osado Yo sé de dónde viene esa osadía, y puedo afrontar cualquier cosa por medio de Jesucristo que me fortalece” (Cómo ser un vencedor).

Estamos haciendo la Obra misma de Dios hoy. Estamos en una situación donde, para un mundo atrapado por el miedo, podemos ser un ejemplo de audacia.

“¡Estamos en la vanguardia de la humanidad, liderando el camino hacia la Tierra Prometida! ¡Vamos a liderar el mundo con Cristo durante todo el Milenio y luego lideraremos con Dios el Padre y Jesucristo por toda la eternidad!” (op. cit.).

Aunque no lo saben, este mundo necesita que seamos audaces. Y a medida que desarrollamos esta cualidad, estamos creciendo en una característica familiar, un rasgo sinónimo de Judá.

“Los que siguen a ese León hoy están aprendiendo y preparándose para ayudar a Jesucristo a dirigir y servir a la humanidad”, concluyó el Sr. Flurry. “¡Aprovechemos cada oportunidad para prepararnos para ser reyes y sacerdotes bajo el León de la tribu de Judá!”.