Un sacrificio conmovedor

En mayo de 1940, Dios comenzó a mostrarle a Herbert W. Armstrong la necesidad de predicar el evangelio del Reino de Dios a todo el mundo. Sin embargo, al momento de esta visión expandida, las transmisiones se limitaban a unas pocas estaciones pequeñas en Oregón. Él se enfocó intensamente en alcanzar nuevos territorios. Seattle era la zona lógica para la expansión, pero en aquel momento era financieramente imposible.

Dios siempre proporciona un camino. El programa de Seattle se inició gracias al sacrificio inusual de una familia que escuchaba la emisión de radio en el condado de Clarke, Washington. Esta familia lo había perdido todo en la gran sequía de 1934-1935. Después de eso, habían emigrado de Dakota del Sur a Washington y habían hecho un pago inicial en una granja a pocos kilómetros de Vancouver.

Ellos lograron construir el esqueleto de una casa con la intención de terminarla más adelante. Su casa no tenía paredes interiores, ni pisos propiamente dichos, sólo un subsuelo, ni revestimiento exterior, ni escaleras para subir al segundo piso. Sin paredes interiores, sólo tenían una habitación grande en cada planta. Los niños tenían que subir una escalera portátil cada noche para dormir en la habitación de arriba mientras los padres se quedaban abajo.

Naturalmente, el padre trabajaba duro para mejorar sus condiciones de vida. En unos pocos años había ahorrado 40 dólares para comprar madera para las paredes interiores. Pero cuando la familia se enteró de la urgente necesidad de ampliar la Obra de Dios y del impulso del Sr. Armstrong para emitir en Seattle, enviaron todos sus ahorros para apoyar la nueva iniciativa.

Impresionado por su sacrificio y sintiendo que era una ofrenda demasiado grande para aceptarla, el Sr. Armstrong condujo personalmente hasta su casa para devolverles el dinero. Pero se negaron. Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas mientras explicaba: “Sr. Armstrong, por supuesto que sería estupendo que pudiéramos levantar paredes y tener habitaciones separadas, pero no es una necesidad absoluta. ¡No podríamos utilizar este dinero para una vivienda temporal, cuando podría ayudar a llevar el mensaje de Cristo de un hogar eterno en el Reino de Dios a miles de personas!” (Autobiography of Herbert W. Armstrong). Esta familia buscaba primeramente el reino de Dios y confiaba en que Él les proveería a cambio (Mateo 6:31-33).

Por cierto, poco después de que esta familia donara los 40 dólares que tanto les había costado ganar, recibieron una bendición económica y pudieron terminar su casa.

A lo largo de su ministerio, sacrificios impresionantes como éste hicieron avanzar la Obra. Más tarde, otros simpatizantes hipotecaron casas, vendieron propiedades, renunciaron a deseos y dejaron para después sus necesidades para que la Obra pudiera crecer. Dios utilizó a menudo sacrificios personales de miembros y colaboradores para salvar la Obra del desastre.

El Sr. Armstrong escribió: “El Dios Todopoderoso respaldará financieramente —hasta un punto casi más allá de lo que los humanos pueden creer— a cualquier persona o institución que se ponga sin reservas y con vigor ¡bajo Su dirección! (…) Tenemos que aprender que Dios hace la mayoría de las cosas con nosotros y a través de nosotros como Sus instrumentos”. Él sólo hace por nosotros lo que somos totalmente incapaces de hacer nosotros mismos” (ibíd.).

Nuestro Padre continúa brindándonos la oportunidad de sacrificarnos por Su Obra. Si estamos dispuestos y recordamos buscar primeramente el Reino de Dios, Él siempre nos proveerá, bendecirá, y también a Su Obra, más allá de lo que podamos imaginar.