Tenga templanza en todas las cosas
Una clave para el poder y la eficacia espirituales

Noah Lyles no era el favorito para ganar la carrera de 100 metros durante los Juegos Olímpicos de Verano de 2024. Cuando comenzó la carrera por las medallas, fue el corredor más lento en la salida. Normalmente esto significaría la derrota para un atleta que corre una carrera tan corta a este nivel.

A los treinta metros de la carrera, Lyles seguía en último lugar. Pero Lyles aceleró su paso, y con un par de segundos restantes, estaba codo a codo con los líderes de la carrera. A medida que se acercaba la línea de meta, Lyles extendió su cuerpo para pasar sobre la línea de meta. ¡Fue un final de foto!

Los comentaristas de la carrera pensaron inicialmente que había ganado el favorito, un corredor jamaicano. Resultó que Lyles ganó la carrera por 0,005 segundos, marcando un impresionante tiempo de ¡9,784 segundos!

Noah Lyles ganó el oro porque había dominado su cuerpo.

Templanza en todas las cosas

El apóstol Pablo escribe sobre los atletas que dominan su cuerpo en 1 Corintios 9. Utiliza esta analogía para ilustrar la importancia de la templanza. Pablo se refiere a un atleta que corre una carrera por un premio, y luego escribe: “Y todo hombre que se esfuerza por el dominio tiene templanza en todas las cosas. Ellos lo hacen para obtener una corona corruptible, pero nosotros una incorruptible” (versículos 24-25, traducción nuestra de la versión King James).

Los corredores en competiciones de alto nivel deben tener templanza en todo para ganar el premio. Tener templanza significa ejercer autocontrol. El Outline of Biblical Usage define la templanza como “la virtud de quien domina sus deseos y pasiones”. Sus sinónimos son autodisciplina y autocontrol.

La analogía de un atleta con templanza habría resonado entre la gente de Corinto en los tiempos de Pablo. Cerca de allí, los griegos celebraban los Juegos Ístmicos, una de las cuatro principales competiciones atléticas de la antigua Grecia que incluían los famosos Juegos Olímpicos. Los corintios estaban familiarizados con los regímenes de entrenamiento a los que se sometían los atletas antes de competir en los juegos.

El Comentario de Jamieson, Fausset y Brown explica que cada atleta vivía “con una estricta dieta de abnegación, absteniéndose del vino y de las comidas agradables, y soportando el frío y el calor y la disciplina más laboriosa”. Ejercían el autocontrol en todos los asuntos: mientras se preparaban para competir, la autodisciplina era toda su forma de vida durante meses o años.

Pablo utilizó este ejemplo para mostrar cómo debemos enfocar el modo de vida cristiano. “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (versículos 26-27). El propio Pablo se inspiró en la analogía.

Al igual que los atletas, los cristianos debemos tener templanza en todas las cosas para recibir nuestra corona. ¿Por qué? ¿Cómo podemos asumir esta virtud?

Esfuércese por el dominio

1 Corintios 9:25 describe a un atleta que se esfuerza por el dominio. Esa frase en español procede de la palabra griega agonizomai, que en otros versículos bíblicos se traduce como luchar o hacer algo encarecidamente. Strong la define como luchar o competir por un premio. Los cristianos deben luchar por el dominio propio al igual que los atletas.

Herbert W. Armstrong explicó al cristiano recién engendrado que “ha dejado atrás el ‘camino fácil’ (…) Usted ha pasado la encrucijada y ha tomado el camino estrecho, accidentado, lleno de baches, rocoso y duro y difícil en el que muy pocas personas en este mundo están dispuestas a entrar, pero que conduce al éxito, a la utilidad, a la felicidad, a la alegría y a la vida eterna” (Worldwide News, 17 de septiembre de 1985).

Se necesita templanza para permanecer en nuestra difícil carrera espiritual y ganar el premio al final. Un cristiano debe sufrir dificultades al igual que un atleta que compite por un premio olímpico.

Este es el mismo mensaje que Pablo transmite en 2 Timoteo 2. Él anima a Timoteo: “sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo” (versículo 3). El versículo 4 dice: “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado”. La autodisciplina es necesaria para evitar distraerse con los asuntos de la vida cotidiana. Los buenos soldados, como los buenos atletas, deben mantenerse centrados en el objetivo final.

En el versículo siguiente, Pablo vuelve al ejemplo de un atleta: “Y también si un hombre se esfuerza por el dominio, no es coronado si no lucha legítimamente” (versículo 5). El Comentario de Jamieson, Fausset y Brown dice que un atleta observa “todas las condiciones tanto de la competición (…) como de la preparación para la misma, a saber, en cuanto a dieta estricta, unción, ejercicio, autocontrol, castidad, decoro, etcétera”.

Lo que es cierto para los soldados y atletas también es cierto para los cristianos: La templanza es clave para el dominio. Necesitamos la templanza para sufrir la dificultad, mantenernos enfocados y estar sujetos a las leyes físicas y espirituales de Dios.

¿Cómo la conseguimos?

Fruto del Espíritu

En Gálatas 5:23, la templanza figura como un fruto del Espíritu de Dios, lo que significa que procede de Dios.

Los atletas que no tienen acceso al Espíritu Santo sólo pueden ejercer la autodisciplina a nivel físico para lograr objetivos físicos. Pero los cristianos tienen objetivos espirituales, que sólo pueden lograrse mediante el uso del Espíritu de Dios. La templanza física no impulsará a un cristiano a cruzar la línea de meta en una carrera espiritual.

Este fruto del Espíritu de Dios permite al cristiano resistir hasta el final. Es una batalla para tener dominio propio. Puede haber pérdidas o retrocesos, pero la templanza de Dios le mantendrá en la lucha y le ayudará a mantenerse centrado en las recompensas espirituales. Como Pablo, podemos utilizar este fruto divino para correr con seguridad y saber que Dios nos dará el poder para ganar nuestras batallas.

“Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (versículo 24). Un cristiano con templanza no se contentará con victorias parciales. Seguirá trabajando hasta vencer completamente sus pecados, poniendo continuamente su mente y su cuerpo en sujeción a Dios, y manteniendo la carne crucificada. La lucha no se detendrá hasta que se gane la carrera.

El Sr. Armstrong explicó: “Dios no tiene como propósito que nuestras vidas cristianas a Su servicio transcurran tranquila y fáciles, sin problemas, sin preocupaciones. Dios tiene el propósito —ordenó— que nos viéramos confrontados ante continuos problemas, dificultades, molestias, que tuviéramos que hacer sacrificios constantes, aprendiendo a renunciar a nuestros propios caminos y deseos…” (carta a los colaboradores, 25 de febrero de 1955).

Jesucristo tenía un mensaje similar para sus discípulos: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). Para ser discípulos de Cristo, debemos estar dispuestos a renunciar a nuestros propios caminos y deseos. Eso requiere verdadero autocontrol.

No sea como Félix

Un hombre que careció de control fue Félix, gobernador de Judea cuando Pablo fue encarcelado en Cesarea. Tenía fama de cruel y salvajemente extravagante. Cometió delitos y utilizó su influencia política para protegerse de las consecuencias. En el momento del encarcelamiento de Pablo, estaba en su tercer matrimonio. Su esposa, Drusila, era hija del rey Herodes. Félix la había convencido para que dejara a su marido y pudieran casarse. No mostraba ninguna autodisciplina: lo que quería, lo conseguía.

Cuando se enteró de la existencia de Pablo, Félix en realidad quiso escuchar lo que diría.“Algunos días después, viniendo Félix con Drusila su mujer, que era judía, llamó a Pablo, y le oyó acerca de la fe en Jesucristo” (Hechos 24:24).

Pablo conocía la reputación de Félix y adaptó su mensaje para el gobernador. El versículo 25 muestra el “disertar [razonar de] Pablo acerca de la justicia, del dominio propio [templanza] y del juicio venidero”. Predicó sobre la importancia de la templanza y la necesidad del autocontrol. Era exactamente lo que Félix necesitaba oír. Esto cautivó del gobernador hasta el punto que éste se espantó ante las palabras de Pablo.

Con ese tipo de respuesta, se podría pensar que Pablo había ganado un converso. Pero Félix no quería cambiar. No quería someterse a Dios y renunciar a sus lujurias. Le dijo a Pablo: “Ahora vete; pero cuando tenga oportunidad te llamaré” (mismo versículo). Él lo pospuso y nunca volvió a retomarlo. No sólo eso, sino que incluso intentó sobornar a Pablo (versículo 26).

En este mundo abundan personas como Félix: personas que escuchan el mensaje de Cristo pero no responden a él. Dios quiere que el conocimiento que nos da nos cambie. No hay mejor manera de mostrar a Dios que apreciamos Su verdad y Su educación que actuando en consecuencia.

El conocimiento no aplicado no tiene valor. El carácter se construye aplicando el conocimiento de Dios. Aquí es donde la templanza es clave.

Añada templanza al conocimiento

“El carácter, pues, una vez adquirido el verdadero conocimiento y tomada la decisión correcta, implica autodisciplina”, escribió el Sr. Armstrong. “La persona verdaderamente educada es una persona autodisciplinada” (Las Buenas Noticias, julio de 1952).

Existe una conexión vital entre la autodisciplina y el crecimiento del carácter. Una vez que adquiera un conocimiento verdadero y decida actuar en consecuencia, necesitará templanza para llevarlo a cabo.

El apóstol Pedro señala este punto en 2 Pedro 1:4: “por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”. Para participar de la naturaleza divina de Dios, debemos escapar de la lujuria y de otras corrupciones. Esto requiere abnegación.

A continuación, Pedro enumera otras virtudes necesarias para un mayor desarrollo del carácter: “vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio [templanza]…” (versículos 5-6). Debemos añadir templanza al conocimiento. “Una vez que tiene el conocimiento, no vale nada a menos que ejerza el dominio propio para vivir de acuerdo con él, para hacer lo que sabe que debe hacer” (Visión Real, noviembre-diciembre de 2018; énfasis añadido). Necesitamos templanza si queremos aplicar el conocimiento que Dios nos enseña.

La templanza es también una clave para edificar la fe. “Su fe siempre será deficiente sin templanza, porque el fracaso en controlar y refrenar su carnalidad y sus deseos socavará la presencia moradora de Dios en usted. Pero ejercer la templanza edifica la fe” (ibíd.).

Junto con estas otras cualidades espirituales, la templanza le ayudará a llevar una vida cristiana fructífera. “Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (versículo 8). ¡Pedro dice que debemos abundar en templanza!

Cuando se estudia esto, se ve que la templanza no es una mera cuestión de autocontrol o abnegación. También se trata de hacer.

Sea un hacedor

En ese artículo de Las Buenas Noticias, el Sr. Armstrong desglosó la autodisciplina en dos partes: “1) autocontrol para resistir los impulsos y tirones inferiores de la naturaleza humana para refrenar los deseos propios, impulsos, hábitos o costumbres que son contrarios al camino correcto; y 2) autopropulsión o iniciativa decidida para impulsarse a sí mismo a hacer aquellas cosas que deben hacerse. En otras palabras, en el verdadero carácter en acción existe lo positivo y lo negativo”.

Muchas personas ven erróneamente el cristianismo sólo como una vida de abnegación o ascetismo. Aunque implica negación y sacrificio, el cristianismo es el camino de la utilidad y la vida abundante. Necesitamos propulsión para impulsarnos a ser hacedores de la Palabra de Dios.

“Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17). La Palabra de Dios enseña que no sólo hay pecados de comisión —hacer algo contra lo que Dios manda— sino también pecados de omisión, no hacer lo que Dios manda o nos enseña a hacer. La templanza nos ayuda a evitar ambos tipos de pecado y nos permite vivir de la forma equilibrada y abundante que surge de obedecer a Dios.

Se necesita templanza para orar, estudiar, meditar, ayunar y confraternizar como Dios manda. Se necesita templanza para asistir a los servicios, a los estudios bíblicos y a otras actividades de la Iglesia. Se necesita templanza para cumplir las leyes físicas y espirituales. Debemos impulsarnos a desarrollar hábitos correctos, y el poder para hacerlo proviene de Dios.

Control y propulsión

Pablo reúne ambas facetas de la templanza en Romanos 12:21: “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”. Esto requiere control y propulsión. Los dos juntos forman un cristiano potente.

A medida que pida a Dios este poder y ponga en práctica la templanza, le resultará más fácil seguir adelante. Cuando ejerce la disciplina en un área de su vida, a menudo le llevará a la disciplina en otras áreas.

Un ejemplo de dónde tiende a ocurrir esto gira en torno a su horario de sueño. Ser disciplinado a la hora de acostarse por la noche y levantarse por la mañana puede mejorar la disciplina con la oración diaria y el estudio de la Biblia. Puede ayudarle a controlar cómo pasa su tiempo libre por las tardes. Hacer un cambio positivo en su rutina a la hora de acostarse puede desencadenar cambios positivos en otras partes de su día.

Otro ejemplo es el de la salud física. Hacer un cambio positivo en su dieta y experimentar los beneficios puede darle confianza y motivación para hacer otros cambios.

Esta es una de las razones por las que es útil dividir la instrucción que recibe de Dios en pasos de acción más pequeños. Será menos abrumador, y conseguir un éxito puede inspirarle para alcanzar más.

Esto también ocurre en la crianza de los hijos. Los padres que enseñan autocontrol a sus hijos les prepararán para tener más éxito en el futuro. Crianza infantil con visión explica: “Los sicólogos modernos creen que los niños pueden aprender autocontrol por sí mismos. No les crea. El autocontrol se aprende a través del entrenamiento apropiado del niño, la supervisión parental y la práctica. Salomón enseñó sabiamente que un niño o niña sin control nunca desarrollará autocontrol (Proverbios 22:15; 29:15)”.

“Un niño dotado de autodisciplina tiene una herramienta invaluable para enfrentar los desafíos de la vida. Muchos problemas personales y de relaciones, se pueden evitar o suavizar grandemente cuando uno tiene autocontrol”.

Muchas de las recomendaciones de ese libro, si se aplican, inculcarán hábitos de disciplina en los niños. Entonces, cuando se conviertan en adultos, deberían tener menos problemas o problemas menos intensos porque el autocontrol es habitual. También producirán más fácilmente el fruto de la templanza cuando se bauticen.

Una mente con templanza

Con una formación adecuada, nuestros hijos pueden llegar a ser el tipo de adulto que Pablo describe en Tito 2:2: “sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia”. La palabra griega para prudentes aquí, sophron, es diferente de la que Pablo utilizó en otros lugares [en la versión King James dice “templanza” en vez de “prudentes”]. Esta palabra significa de mente sana. Sin embargo, hay una conexión entre una mente sana y la templanza.

Una mente sana proviene del ejercicio de autocontrol. Podemos utilizar el control y la propulsión en nuestra mente para alejar los pensamientos erróneos y buscar la mente de Cristo (Filipenses 2:5). Gran parte de nuestra guerra espiritual tiene lugar en la mente. Una mente sana es una mente con templanza.

La palabra griega traducida prudentes aquí está relacionada con la palabra que Pablo usó en 2 Timoteo 1:6-7 con respecto al Espíritu Santo y fue traducida como dominio propio [traducida como “mente sana” en la versión King James]: “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”.

El Espíritu de Dios es un espíritu de templanza. La templanza es la clave del poder y de una mente sana. La templanza es “una de las claves reales del poder espiritual y de la eficacia” (Visión Real, mayo-junio de 2005). Todos los frutos del Espíritu de Dios están conectados porque todos proceden de Dios.

“¿Tiene usted, en la actualidad, el mismo poder que tenían los cristianos originales?” preguntó el Sr. Armstrong. “¡Eran tan humanos como usted! La verdadera pregunta, entonces, es ésta: ¿Se rinde usted tan plenamente —entrega su voluntad tan incondicionalmente a Dios— ora tan a menudo, tan seria e intensamente como ellos? Si lo hace, se llenará de tanto poder divino como ellos, pues Dios no hace acepción de personas” (Las Buenas Noticias, febrero de 1983).

Dios quiere poner a su disposición este verdadero poder espiritual. Requiere ejercer la disciplina necesaria para acudir a Dios en busca de ayuda. Utilice la templanza para sufrir la dificultad, para mantenerse centrado y para impulsarse en su carrera espiritual.

A los que crucen la línea de meta les espera un premio increíble, mucho mayor que cualquier medalla de oro. Siga el ejemplo de un atleta de élite y tenga templanza en todas las cosas.