Durante el siglo i a. C., la República de Roma se sumió en la corrupción y la guerra civil. Para la obra de Jesucristo y el establecimiento de Su Iglesia era necesario liberar a la república quebrantada de sus ciclos de violencia y convertirla en un imperio estable.
En el año 44 a. C., Julio César se declaró dictador vitalicio. Poco después, fue asesinado. Su sucesor fue su hijo adoptivo Augusto, vencedor en la guerra civil que se desató después del asesinato.
“La principal razón por la que la República romana no se desintegró por completo en aquella época fue el genio administrativo de César Augusto”, escribió Joel Hilliker. “Fue Augusto quien creó el cuarto imperio mundial previsto por el profeta Daniel. Sin embargo, incluso el bestial Augusto sabía que su nuevo imperio no sobreviviría sin familias fuertes. La extravagancia y el adulterio estaban muy extendidos, por lo que Augusto aprobó una serie de leyes morales que fomentaban el matrimonio y penalizaban el adulterio. Estas leyes ayudaron a estabilizar Roma…” (La Trompeta de Filadelfia, octubre de 2023).
Augusto era un maestro de la diplomacia, un genio político, un hombre deliberado y paciente. A diferencia de su padre, no se proclamó dictador vitalicio. En su lugar, se presentó como un humilde líder de Roma, debidamente elegido por el pueblo.
Él trabajó duro para reformar legalmente el sistema romano. Lograría que el Senado le concediera poderes; poderes que solidificaron su autoridad permanente. Esto tomó tiempo.
Durante un brote de enfermedad, vio amenazado su gobierno. Renunció a su cargo y se convirtió en tribuno permanente del pueblo, un cargo que le daba derecho a asistir al Senado, proponer legislación y vetar lo que no le gustara. Esto lo acercó al gobierno legal permanente. Cuando abandonó el cargo, despojó al consulado de la mayor parte de su poder y responsabilidades, convirtiéndolo en un mero símbolo. Pero esto seguía apaciguando los egos, ya que proporcionaba puestos prominentes para que los ocuparan hombres ambiciosos.
Durante una escasez de grano, los plebeyos amotinados pidieron a Augusto que se convirtiera en dictador porque podía resolver el problema mejor que el Senado. Pero él sabía que aceptar públicamente el poder absoluto alienaría al Senado, el cual había derrocado a César. Él rechazó el honor; incluso le dijo al pueblo que preferiría ser apuñalado en la garganta antes que aceptar el cargo. Esto obligó al pueblo a ceder y, al mismo tiempo, apaciguó al Senado.
Para el año 23 a. C. había consolidado el 90% de la autoridad legal que necesitaba para ser emperador.
Él nunca utilizaba sus poderes a menos que fuera necesario. Fue muy medido en su enfoque. Su disciplina ayudó a forjar un imperio estable, próspero y relativamente pacífico justo a tiempo para la primera venida de Jesucristo.