Nosotros no entendemos el amor de Dios el Padre con la suficiente profundidad.
Si viéramos verdaderamente la pasión que Él siente por Sus hijos engendrados por el Espíritu, e incluso por la gente de este mundo, esto nos llevaría a arrodillarnos en humilde agradecimiento. Nos inspiraría más amor y devoción para servirle.
Uno ve ese amor en el pacto bautismal.
El bautismo es la ceremonia más importante y significativa en la vida. ¡Es un pacto glorioso e inspirador entre un ser humano y el Dios Todopoderoso!
Cuando nos bautizamos, recibimos toda una serie de promesas y bendiciones de Dios. Es difícil comprender plenamente la inversión que Dios hace en nosotros en ese momento.
Dios no se lo toma a la ligera. A partir de ese momento, ¡Él se compromete con nuestro éxito espiritual eterno de una forma personal e intensa!
Y se entristece profundamente cuando uno de sus hijos engendrados rompe ese pacto con Él.
Engendrado por el Padre
Dios el Padre es quien nos llama. Juan 6:44 nos dice: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere…”. El Padre debe traernos a Él antes de que podamos llegar a conocerlo verdaderamente a Él y a Jesucristo.
Tras el bautismo, un ministro de Dios impone las manos sobre la persona y ora por ella. Con esa oración, ¡una persona recibe el mayor regalo del universo! Dios imparte una pequeña porción de Su poder espiritual, el Espíritu Santo.
Eso es lo que nos hace un cristiano: el Espíritu Santo (Romanos 8:9).
En ese momento, ¡el Padre engendra a esa persona comoSu propio hijo! Ese Espíritu es como un espermatozoide que entra en un óvulo: ¡es el comienzo de una nueva vida espiritual!
Sólo el Padre nos engendra; ni siquiera Cristo lo hace. ¡Qué asombroso es ser engendrado por Dios el Padre!
¿Puede usted entender cuán importante es esto para Dios? Cuando el Padre engendra un hijo, ¡eso significa todo para Él! Eso está en el corazón de Su plan maestro. ¡Por eso creó al hombre! El Padre está reproduciéndose a Sí Mismo en seres humanos, creando más seres Dios a Su propia imagen y semejanza.
Por eso hizo el sacrificio supremo al enviar a Su Hijo a esta Tierra y permitirle morir: ¡para ofrecerle a usted la oportunidad de nacer en Su Familia eterna!
El Padre siente un amor profundo y anhelante por cada individuo en el que ha plantado Su Espíritu Santo. Somos Su Familia, y Él se va a asegurar de que seamos cuidados si somos leales a Él. No va a permitir que Sus hijos sean descuidados o maltratados. ¡Qué amor tiene el Padre por nosotros!
Dios permite que haya pruebas en nuestras vidas, pero esas también son bendiciones de Dios: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida que Dios ha prometido a los que le aman” (Santiago 1:12). ¡El Padre quiere darle una corona de vida! Si usted Lo ama, lo que significa que ama Su ley y al gobierno que la enseña, ¡entonces nadie puede romper la promesa que Dios ha hecho a usted!
¿Ama usted a Dios como Él lo ama a usted? ¿Está usted demostrando ese amor cada día? No podemos permitirnos responder esa pregunta a la ligera.
Nuestro entierro en el bautismo
El apóstol Pablo sabía que todos los hombres son pecadores (Romanos 3:23). Sabía que no podíamos hacer nada para borrar esa pena de muerte por nosotros mismos. Todos necesitamos un Salvador. Es por la gracia de Dios, después de arrepentirnos, que la pena por pecar contra la ley de Dios ya no pende sobre nosotros. Pablo tenía claro que, después de aceptar a Jesucristo como nuestro Salvador, necesitamos vivir de acuerdo con la ley de Dios. Pero eso requiere un milagro.
Después de explicar en Romanos 5 acerca de la gracia y el sacrificio de Jesucristo, Pablo dice: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo, viviremos aún en él?” (Romanos 6:1-2). ¿Ha desaparecido la ley a causa de la gracia? Pablo responde con un rotundo ¡no!
Él continúa explicando el simbolismo inspirador de la ceremonia bautismal. Debemos entender este simbolismo para comprender por qué necesitamos el Espíritu Santo y por qué Cristo debe vivir en nosotros hoy.
“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (versículo 3). Pablo dice que fuimos bautizados en la muerte de Cristo. De nuevo, señaló en el capítulo anterior que somos justificados por la muerte de Cristo y salvados por Su vida (Romanos 5:9-10).
En el bautismo, nos sumergimos totalmente bajo el agua, lo que supone un entierro simbólico. El viejo hombre carnal muere con Jesucristo. Pablo lo explica con más detalle: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:4).
¡Ahora empezamos a ver la importancia del Espíritu Santo y por qué es la vida de Cristo que nos salva! Así como Cristo fue resucitado, o levantado de entre los muertos, nosotros nos levantamos de esa tumba acuosa y procedemos a caminar en renovación de vida por el poder del Espíritu Santo de Dios. Nuestros pecados han sido perdonados.
Aceptamos enterrar al viejo yo, y cuando somos bautizados, ese viejo yo muere. Pablo lo deja claro: “Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección” (versículo 5). En el bautismo morimos como lo hizo Jesucristo, y cuando salimos de esa tumba acuosa, vivimos como Él lo hizo, no por nuestro propio poder, ¡sino por el poder del Espíritu Santo de Dios!
¿Excusa el pecado nuestro bautismo? “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (versículo 6).
Para “caminar en renovación de vida” para que “no sirvamos al pecado”, Dios nos da el don de su Espíritu Santo inmediatamente después del arrepentimiento y el bautismo. Caminar en “renovación de vida” significa que ahora vivimos una vida guiada por el Espíritu de Dios (Romanos 8:14).
Debería estar claro por qué Dios nos da Su Espíritu Santo después del bautismo: ¡es por ese poder que empezamos a vencer y a asumir en realidad la naturaleza divina de Dios Mismo! ¡Y es por ese poder que Jesucristo resucitado vive en realidad en nosotros hoy!
Guiados por el Espíritu
Ese anticipo del Espíritu de Dios imparte la mente de Dios. Herbert W. Armstrong dijo en un sermón de julio de 1983 que esto significa que Dios inyecta “Su vida y también Su mente, también Su carácter, también Su actitud de amor, de cooperación, de dar, de preocupación por los demás así como por uno mismo. Altruismo en lugar de egoísmo”.
Cuando lo usamos, el Espíritu Santo produce frutos espirituales en nuestras vidas que proceden directamente de Dios, Su amor, alegría, fe y otras cualidades (Gálatas 5:22-23). Ese Espíritu también nos da entendimiento espiritual (1 Corintios 2:9-14). ¡Qué regalo tan incomparable!
1 Juan 4:2 muestra que, por medio del Espíritu Santo, Jesucristo “ha venido en carne”. El tiempo del verbo griego traducido ha venido significa está viniendo. Podría leerse “ha venido y sigue viniendo” o “está viniendo ahora”. ¡Cristo Mismo está morando en nosotros en Espíritu! Y cuando Cristo está viviendo en nosotros, ¡tenemos vida! (1 Juan 5:12). ¡Es una verdad asombrosa!
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). La mente misma de Dios viene a través del Espíritu. Debemos dejar que Su mente esté en nosotros. Él no lo forzará.
“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (Romanos 8:14). ¡Qué declaración tan profunda!
Para ser hijos de Dios, no basta con tener el Espíritu de Dios, debemos ser guiados por el. Por eso hay tan pocos en la “manada pequeña” de Dios (Lucas 12:32), ¡Su verdadera Iglesia! Dios lo deja en sus manos.
El Padre quiere guiar a Sus hijos. Quiere que le sigamos como lo hace Su Hijo Jesucristo. Cristo dijo: “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29). ¡Qué hermosa actitud! No es de extrañar que Dios llamara a Jesús “mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”! (Mateo 3:17; 17:5).
Si amamos a nuestro Padre, usaremos Su Espíritu para guardar Sus mandamientos voluntariamente y con alegría (1 Juan 5:3). Así es como Le demostramos que Le amamos.
Si somos guiados por el Espíritu de Dios que mora en nosotros, esforzándonos siempre por agradar a nuestro Padre, ¡entonces Él hará todo por nosotros! “Y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:22). ¡Imagínese recibir cualquier cosa que le pida a Dios! Eso requiere más que sólo obedecer a Dios por deber. ¡Juan está hablando de una actitud de querer hacer todo lo posible para agradar a su Padre! ¡Esa actitud hace que sus oraciones sean respondidas! Por supuesto, de esta manera usted pedirá las cosas que agradan a Dios.
Obviamente, Dios sólo nos dará lo que es bueno para nosotros. Pero este versículo muestra que no debemos poner límites a lo que se nos puede dar si somos obedientes y pedimos a Dios con una actitud correcta. Esa es la fórmula del éxito que siguió Cristo.
¿Dejaría solo un padre a un hijo que tuviera esa actitud? ¡No! ¡Destrozaría a un batallón de soldados para salvar a ese hijo! ¡Asuma esa actitud y su Padre celestial intervendrá en su vida y hará que las cosas sucedan por usted!
Esta es la relación familiar amorosa que Dios abre para nosotros cuando entramos en ese pacto bautismal con Él. Como veremos, ¡Él nos da mucho más que eso!
Arrepentíos y creed
El Padre quiere dar generosamente estos dones gloriosos, pero hay condiciones que debemos cumplir primero.
Cuando la Iglesia del Nuevo Testamento comenzó en Pentecostés del año 31 d. C., el apóstol Pedro dijo: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). ElArrepentimiento es un prerrequisito para ser bautizado y recibir el Espíritu Santo.
Antes del bautismo, Dios nos lleva a arrepentirnos de la forma en que hemos estado viviendo, una vida contraria a la ley de Dios. Nos arrepentimos no sólo de lo que hemos hecho sino de lo que somos.
El Sr. Armstrong escribió: “[El arrepentimiento] es un cambio total en la mente, el corazón y el rumbo en la vida. Es un cambio hacia un nuevo camino de vida. Es rechazar el camino egocéntrico de la vanidad, el egoísmo, la codicia, la hostilidad a la autoridad, la envidia, los celos y la falta de interés por el bienestar de los demás, y volverse hacia el camino centrado en Dios, de la obediencia, la sumisión a la autoridad, del amor hacia Dios mayor que el amor por uno mismo y del amor y la preocupación por los demás seres humanos igual a la que se tiene por uno mismo” (Qué significa… conversión?).
Muchos malinterpretan que el arrepentimiento significa tristeza. El arrepentimiento en realidad significa cambio.Merriam-Webster define arrepentir como “volverse del pecado …”. Volverse del pecado, cambiar su anterior forma de vida, significa volverse a obedecer la ley de Dios.
Además del arrepentimiento, debemos saber y aceptar que Jesucristo murió por nosotros. Esta creencia, o fe en la sangre derramada de Jesucristo, se manifiesta exteriormente mediante el bautismo.
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Debemos tener fe en esa sangre y en el hecho de que Él pagó la pena por “los pecados pasados” (Romanos 3:25).
Durante la ceremonia bautismal, el ministro de Dios le pregunta lo siguiente al miembro potencial de la Familia de Dios: “¿Se ha arrepentido de sus pecados y ha aceptado a Jesucristo como su Salvador personal?”. El individuo es bautizado después de que dice que sí.
Compromiso de todo corazón
El bautismo es sólo el punto de partida de toda una vida de conversión y esfuerzo por parecerse cada vez más a Dios. ¡Es un compromiso de obedecer a Dios y reemplazar nuestros pensamientos, emociones y deseos carnales con los pensamientos de Dios mismo! ¡Debemos pensar como Dios! Eso es muy difícil de lograr y un tema profundo sobre el que reflexionar. Debemos crecer constantemente en nuestra conversión. Y debemos resistir hasta el final. Todo ello forma parte de nuestro compromiso bautismal.
Jesucristo dijo: “Si alguno viene a mí y no aborrece [o ama menos en comparación] a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26-27).
¿Comprende la seriedad del compromiso que adquiere cuando entra en este pacto con Dios? Usted debe estar dispuesto a renunciar a cualquier cosa, incluyendo a los miembros más cercanos de su propia familia, ¡puede que incluso tenga que morir, por esta causa! Dios debe saber que nunca permitiremos que nada ni nadie tenga prioridad sobre Él. Prometemos que, sea cual sea la carga que Él nos imponga, la soportaremos y seguiremos a Dios cueste lo que cueste.
¡Usted no puede entrar en ese pacto a la ligera! Antes de bautizarse, debe contar el costo.
“Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (versículo 33). En el bautismo le decimos a Dios que, si es necesario, renunciaremos a cualquier cosa, haremos cualquier cosa e iremos a cualquier parte, ¡para obedecerle y mantenerle en primer lugar en nuestra vida!
“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). En el bautismo, Dios nos “sella”. Él no abandonará Su llamado. Si usamos el Espíritu correctamente, estamos como salvados porque así es como Dios lo ve. Dios “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17).
Estamos “sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13). ¡Es una “promesa” porque la parte de Dios es segura! Sin embargo, podemos romper ese sello con nuestras acciones. Nada está garantizado hasta que nazcamos como hijos, no sólo engendrados.
Los pactos pueden ser quebrantados por los hombres. Pero la Palabra de Dios no puede ser quebrantada. Este es el carácter que debemos construir para convertirnos en miembros de la Familia de Dios. ¡Debemos mantener nuestra parte de ese pacto bautismal!
Nuestro Padre depende de nosotros. Está dedicado a nuestro éxito. No nos habría elegido si no creyera que podríamos lograrlo. Él anhela intensamente consumar este pacto con nosotros, y sólo puede hacerlo si cumplimos fielmente nuestra parte del acuerdo.
Reyes y sacerdotes
De nuevo, Efesios 1:13 llama a lo que recibimos en el bautismo “el Espíritu Santo de la promesa”. Es una promesa de Dios de algo aún mayor.
El versículo 14 lo llama “las arras [que significa garantía o anticipo] de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”. Esa pequeña medida de Espíritu que Dios implanta en nosotros en el bautismo es un anticipo de nuestra herencia futura: Diosnos dará la medida completa de Su Espíritu Santo cuando lleguemos a ser seres espirituales, ¡hijos nacidos de Dios!
Dios da Su Espíritu a Sus hijos para empoderarnos para crecer y vencer. Pero ese don representa aún más. ¡Nuestro Padre tiene planes magníficos para Sus hijos! ¡Cuando hace ese pacto con nosotros en el bautismo, se está comprometiendo a establecernos en cargos supremamente exaltados en Su reino eterno!
1 Juan 2:20 dice: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas”. Recibir el Espíritu Santo significa que usted tiene una unción del Santo, ¡de Dios mismo!
En el Antiguo Testamento, los sacerdotes y los reyes eran ungidos con aceite cuando Dios los ponía en ese cargo (por ejemplo, Éxodo 30:30; 1 Samuel 16:13). Cuando usted es bautizado y recibe el Espíritu, representado por ese aceite en esas ceremonias de ordenación, ¡Dios lo unge como rey y sacerdote en embrión!
Juan dice “tenéis la unción”, tiempo presente, no “podrías recibir”. Dios lo ve como si estuviera completo.
Por eso Apocalipsis 1:6 y 5:10 utilizan el tiempo pasado al decir que Dios “nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre”. Una vez bautizados, ¡ya hemos sido consagrados en los más altos cargos del Mundo de Mañana! Esto se debe a que estamos siendo preparados para gobernar este mundo.
¡Qué honor! En el bautismo somos como embriones espirituales en el vientre materno, apenas comenzando el proceso de conversión. ¡Qué asombroso e inspirador que, incluso en ese momento, Dios nos coloca directamente en ese oficio sacerdotal real! Luego continúa dándonos forma y moldeándonos amorosamente para convertirnos en reyes y sacerdotes.
Dios tiene un enfoque tan positivo y lleno de esperanza para Sus hijos. Si permanecemos fieles, ¡nuestra doble corona de reyes y sacerdotes está asegurada para siempre!
Esto también demuestra lo profundamente que Dios está involucrado en cada uno de los santos engendrados por el Espíritu. Piense en las emociones del Padre al elegir individualmente a cada miembro de la Familia real y sacerdotal que gobernará el mundo con Él en el Reino que pronto llegará. Es una oportunidad entre un millón que Él no da a la ligera.
Jesucristo dijo a Sus discípulos: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; [o muchos cargos, debería leerse]; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho. Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3). Dios tiene muchos cargos que ocupar en Su templo milenial de Jerusalén, ¡y los está preparando ahora mismo para Sus primicias! ¡Estos mismos reyes y sacerdotes después tendrán más cargos en la nueva Jerusalén!
¡Este destino debe conmovernos mucho más que cualquier otra cosa en nuestras vidas! La recompensa otorgada a estos sacerdotes-pilares, los cargos de más alto nivel en el Reino de Dios, ¡es magnífica más allá de las palabras! Y comienza con la unción espiritual que recibimos en el bautismo.
Si usted puede creerlo, hay un aspecto aún más asombroso e inspirador del pacto bautismal.
Un pacto matrimonial
Pocos comprenden esta verdad, pero el Antiguo Pacto era un pacto matrimonial. El pacto que Dios hizo con el antiguo Israel en el monte Sinaí en Éxodo 19 y 24 fue un acuerdo matrimonial. Lea la descripción del matrimonio de Dios con Israel en Ezequiel 16. El versículo 8 dice: “… Te di juramento y entré en pacto contigo, dice [el Eterno] el Señor, y fuiste mía”.
Lamentablemente, Israel quebrantó su “voto nupcial”. Llegó a ser “como mujer adúltera, que en lugar de su marido recibe a ajenos” (versículo 32). En los versículos 38-39, se compara a Israel con “mujeres que rompen el matrimonio” [como dice en la versión King James]. En Jeremías 3:14, Dios suplica: “Convertíos, hijos rebeldes (…) porque yo soy vuestro esposo…”. Esa historia muestra cómo los seres humanos pueden fallarle a Dios, incluso cuando Él les ofrece una oportunidad tan especial y gloriosa.
Ezequiel 16 sí describe el matrimonio del Antiguo Pacto con el antiguo Israel, pero es sobre todo una profecía sobre un matrimonio del Nuevo Pacto con la Iglesia de Dios de hoy. Ese es el enfoque.
En el versículo 8, la expresión “extendí mi manto sobre ti” es un símbolo de matrimonio. Dios dice fuiste mía, te convertiste en mi esposa. ¿Cuándo ocurre eso? A nivel individual, ocurre cuando nos bautizamos.
Este es quizá el aspecto más emocionante del pacto bautismal. En el bautismo, las primicias hacen un pacto matrimonial para obedecer a Dios y nacer de nuevo como esposa de Cristo. Dijimos que nos casaríamos con Cristo y que cumpliríamos todas las condiciones del pacto.
¡Sólo a los primeros frutos, aquellos llamados antes de que Cristo regrese, se les ofrece esa noble recompensa! ¡Esta es la recompensa más exaltada jamás ofrecida a algún ser humano en cualquier tiempo! Ese no será el caso cuando la gente se bautice en el Milenio y después de eso.
El versículo 9 dice: “Te lavé con agua; y lavé tus sangres de encima de ti, y te ungí con aceite”. El agua y el aceite son tipos del Espíritu Santo de Dios, que sólo aplica a Su matrimonio con los primeros frutos.
En el versículo 10, Dios dice: “… te ceñí de lino fino…”. Éxodo 39:27 muestra que Aarón y sus hijos, los sacerdotes de mayor rango en el tabernáculo, eran los que vestían lino fino. Apocalipsis 19:8 dice que la Esposa de Cristo “se le ha concedido que se vista de lino fino”, que representa “las acciones justas de los santos”. Dios está vistiendo a Su Esposa con el lino fino de la justicia.
Dios ya ve a la Iglesia hoy como Su esposa. Esto es cierto aunque no estemos oficialmente casados con Jesucristo hasta que Él regrese. Bajo el Nuevo Pacto (a diferencia del Antiguo Pacto), debemos probarnos a nosotros mismos antes del matrimonio.
Sin embargo, Apocalipsis 19:7 dice que “su esposa se ha preparado”. El marco de tiempo aquí es antes de nuestro matrimonio con Cristo, durante la etapa de preparación, pero no utiliza el término futura esposa o prometida. ¡Cristo considera que ese fabuloso matrimonio ya se ha consumado! Esta dama fue Su esposa mientras ella se preparaba para el matrimonio. Esto es lo que dice la Palabra de Dios.
¿Puede ver qué pacto tan espectacular Dios hace con un individuo en el bautismo?
¡Piense al respecto! Él lo engendra como Su propio hijo. Le da un anticipo de Su poder espiritual, de Su naturaleza. Le unge como rey y sacerdote en embrión. ¡Y le lleva hacia un acuerdo matrimonial con Su Hijo Jesucristo!
¡Dios está profundamente involucrado! Nos considera la esposa de Cristo, y si hacemos lo que Él dice, ese es nuestro destino. Su parte del pacto está absolutamente asegurada, porque Él es Dios (p. ej., Números 23:19; Salmos 119:89-90).
La lección que Dios intenta enseñarnos es que un pacto es una promesa de mantener su palabra. Nunca debemos quebrantar nuestra palabra. Y si manifestamos el carácter de Dios, ¡nuestra palabra debe cumplirse!
Teniendo en cuenta la magnitud de la recompensa que Dios nos está ofreciendo, ¿no está justificado que Él espere de nosotros un compromiso total y sin reservas? ¡Habría que decir que Dios nos está ofreciendo la mayor oportunidad que podríamos tener!
Vida eterna o muerte eterna
La parte del pacto que corresponde a Dios es segura, pero primero debemos ser probados. De hecho, ¡es posible que fracasemos y nunca formemos parte de esa boda!
Debemos entender que una vez que Dios nos da Su Espíritu Santo, entonces nuestra vida eterna está en juego. Dios nos obliga a cumplir la promesa que le hicimos, y nos hace responsables de lo que hacemos con Su Espíritu y de si cumplimos nuestro llamamiento.
La mayoría de la gente no se da cuenta de esto, pero este mundo no está siendo juzgado hoy. Dios se está preparando para ofrecerles la salvación en un futuro cercano, y Su pueblo va a enseñarles. Será entonces cuando todas las personas serán juzgadas.
¡Pero Dios está juzgando a Su pueblo engendrado por el Espíritu! “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?” (1 Pedro 4:17). Una vez bautizados, ¡estamos bajo el cuidadoso escrutinio de Dios en todo lo que hacemos! La vida eterna está en juego. Por eso Dios está tan profundamente preocupado.
“Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados, y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y así mismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del [mundo] venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio” (Hebreos 6:4-6).
¡Qué bendiciones espirituales tan incomparablemente majestuosas recibe el pueblo de Dios! Hemos sido iluminados. ¡Hemos gustado del don celestial y gustado la buena Palabra de Dios y los poderes del mundo venidero! ¡Hemos participado del mismo Espíritu y poder de Dios! Una vez que haya experimentado estas cosas, Dios lo hace responsable a usted.
¿No está justificado que lo haga? ¡No puede simplemente alejarse de esos dones gloriosos sin consecuencias aterradoras!
¡Su pacto bautismal es una decisión eterna de vida o muerte!
Dios está tratando de reproducirse en usted, y Él cumple cada palabra de cada promesa. Eso es lo que Él necesita de nosotros. ¿Cómo podría darnos la vida eterna si no pudiera contar con nosotros para honrar nuestra palabra?
Cuando medite en todo lo que Dios Padre ha invertido en esta relación, y todo lo que ha dado a cada uno de sus hijos, y todo lo que nos está ofreciendo, ¡seguramente podrá entender por qué tiene tan altas expectativas de Sus primeros frutos! Seguramente usted puede entender por qué Él quiere ver devoción de todo corazón, compromiso total, tal como un padre quiere de sus propios hijos o un esposo quiere de su única esposa.
¡Y seguro que puede ver por qué el Padre se decepciona tanto emocionalmente cuando uno de Sus hijos engendrados por el Espíritu trata su llamamiento a la ligera o descuida su relación con su Padre o se aleja de Él!
¡Dios clama!
Vivimos en la era laodicena de la Iglesia de Dios, la era final antes de la Segunda Venida de Jesucristo. Es una época de horrible tragedia espiritual, en la que la inmensa mayoría del propio pueblo de Dios, Sus hijos engendrados por el Espíritu, se han vuelto espiritualmente tibios.
Lea el sentido mensaje de Jesucristo a Su precioso pueblo en esta era en Apocalipsis 3:14-22. “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (versículos 15-16). ¡Esas son palabras fuertes! Él sólo diría tal cosa a aquellos de nosotros que deberíamos tener mejor juicio y que deberíamos honrar nuestra promesa a Él.
¿Le está hablando Cristo a usted?
En el versículo 17 Él describe cómo este pueblo se ha vuelto carnal en su forma de pensar, fijando su mente en las cosas físicas, volviéndose mundanos y autosatisfechos, pero sin darse cuenta se han vuelto ¡“desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos” espiritualmente! ¡Qué desastre!
Tristemente, esto describe a casi todo el pueblo de Dios en esta era tibia. Espiritualmente, ¡esta es la mayor crisis de la Tierra!
Todos somos susceptibles de engañarnos a nosotros mismos. Tenemos que escuchar atentamente a Cristo y aceptar Su corrección donde se aplique.
Lea el resto del pasaje y verá de nuevo la profundidad del amor de Dios, ¡incluso cuando Su pueblo se desvía! ¡Estas son las palabras urgentes de nuestro Esposo comunicándose con Su Esposa! No está simplemente criticando y condenando. ¡Está clamando para recordarnos nuestro compromiso, para mostrarnos cómo volver al camino, para expresar Su devoción y para hacer hermosas promesas a cualquier individuo que quiera escuchar y prestar atención!
“Te aconsejo que de mí compres oro afinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas” (versículo 18). ¡Dios quiere que seamos ricos espiritualmente! Quiere que nos vistamos de justicia, que nos preparemos para ese matrimonio espectacular. Quiere ver dónde necesitamos arrepentirnos y cambiar, para abrir nuestros ojos a la magnitud de nuestro llamamiento. ¡Quiere darnos una visión espiritual deslumbrante!
El Padre corrige
“Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19).
Sí, Dios reprende a los que ama. Nuestro Padre nos castiga porque nos ama. Incluso la Gran Tribulación, el peor sufrimiento de la historia que está a punto de sobrevenir al mundo entero, es una corrección amorosa de Dios. Este y otros pasajes dejan claro que la mayoría del pueblo de Dios no será protegido durante la Tribulación.
Pero la reprensión de Dios viene ahora, ¡antes de la Tribulación! Dios ama a Su pueblo y está suplicando que se arrepienta ahora. ¡Cualquiera que sea celoso y se arrepienta hoy no necesitará el castigo de la Tribulación, y Dios lo protegerá de ella!
“Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, Ni desmayes cuando eres reprendido por él; Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:5-6).
¡Dios es un Padre! Él ama profundamente a Sus hijos. Está haciendo todo lo que puede para ayudarnos a entrar en Su Familia eterna. Eso significa que Él debe corregirnos. Todos tenemos mucho que crecer para alcanzar nuestro potencial y cumplir nuestro llamamiento. Todos debemos recibir corrección.
¡Pero muchos del pueblo de Dios están verdaderamente descarriados, rebelándose contra Dios y no aceptarán Su corrección!
Nunca calificaremos para entrar en la Familia eterna de Dios, y mucho menos para ser la Esposa de Jesucristo, ¡sin la corrección de nuestro Padre!
Piense profundamente sobre su pacto bautismal. Piénselo a través de los ojos de Dios el Padre. Dese cuenta de lo importante que es para Él cada uno de los hijos engendrados por el Espíritu, y de cuán determinado está en ayudar a que hasta el último entre en Su Familia.
Para los que se han desviado, Dios es el padre de Lucas 15, que permitió que su hijo se alejara y tomara algunas malas decisiones, pero que siempre estaba mirando al horizonte en busca de cualquier señal de su regreso. “Cuando [el hijo] aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. (…) Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo; y comamos y hagamos fiesta; Porque este mi hijo mío muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado…” (versículos 20, 22-24).
Promesas cumplidas
El amoroso mensaje de Cristo a los laodicenos continúa: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Él está en el exterior, ¡suplicándoles que le dejen entrar en sus vidas! ¡Están desperdiciando la relación más hermosa que una persona puede tener!
Cristo habla a los laodicenos a través de Su líder físico. No quiere ver a nadie pasar por la Tribulación. Pero deben escuchar Su voz. ¿Qué otra cosa puede hacer Cristo? Más allá de enseñarles, ¿qué puede hacer usted si su hijo mayor adolescente se desvía?
Dios nunca dejará que se meta en una situación espiritualmente fatal mientras usted esté escuchando a Su Espíritu.
“Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (versículo 21). ¡Qué promesa tan increíble!
Dios hace tantas promesas a Su preciosa Familia. Nuestro pacto bautismal es una serie de promesas. Dios nos da el Espíritu Santo de la promesa, el anticipo de una herencia espectacular. Podemos estar “persuadidos de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). Dios termina lo que empieza. Incluso cuando le fallamos, Él no se da por vencido con nosotros. Nos reprende y nos castiga cuando lo necesitamos, en un esfuerzo intenso por cambiarnos. ¡Gracias a Dios por ese castigo! Él ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5).
Dios cumple Sus promesas. La pregunta es, ¿lo hará usted?
Cada uno de nosotros debemos recordar la promesa que hicimos a Dios cuando tuvimos ese pacto con Él en el bautismo. Cada uno de nosotros debemos usar el Espíritu de Dios para examinarnos a nosotros mismos y vernos con honestidad.
Si se ha vuelto espiritualmente perezoso, si su contacto diario con Dios a través de la oración y el estudio es escaso o débil, si ha permitido que los intereses materiales desplacen a Dios, ¡mírelo a través de los ojos de su Padre celestial! Malaquías 1:6-8 le ayudará.
Cada uno de nosotros debe orar para que Dios nos muestre nuestras faltas (p. ej., Salmos 19:12; 139:23-24; Jeremías 17:9-10). Debemos orar para que Dios nos corrija (Jeremías 10:24). Debemos usar la Palabra de Dios para que nos penetre hasta los pensamientos y las intenciones de nuestro corazón (Hebreos 4:12).
Y luego debemos ser hacedores de lo que sabemos que debemos hacer, no sea que nos engañemos a nosotros mismos (Santiago 1:22).
Piense a fondo en el amor profundo y apasionado de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, nuestro Esposo, y en todo lo que han hecho para demostrar ese amor por usted. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Cuanto más comprenda el amor de Dios, más se sentirá impulsado a cumplir la promesa que le hizo de amarle y servirle con mayor devoción.
¡Si usted permanece fiel a Dios y a Cristo, ellos van a consumar ese pacto, a glorificarlo a usted, a llenarlo del Espíritu Santo, a coronarle como rey y sacerdote, y a permitirle compartir el trono de Cristo como Su esposa eterna!
¡Qué recompensas tan espectaculares nos esperan si cumplimos nuestro pacto bautismal!