Una figura paterna
Reflexiones sobre mi experiencia con Herbert W. Armstrong

A principios de 1961, yo tenía 25 años y vivía en San Luis, Missouri, cuando Dios me llamó a Su Iglesia. En ese momento, era un desastre espiritual: un fracaso. Mi vida estaba tan fuera de curso, ¡que estoy seguro de que no habría llegado a los 40 años! Realmente necesitaba a alguien que me orientara.

Mi madre había sido llamada a la verdad en 1957, y desde entonces hasta 1961, intentó sin cesar convertirme. Me rebelé contra eso y la perseguí por lo que hacía. Cada vez que Herbert Armstrong salía en la radio, ella subía el volumen para que yo pudiera oírlo, y eso me molestaba. Yo fui hostil hacia él y su mensaje… es decir, hasta que mi vida se volvió tan miserable y desesperada que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por cambiarla, incluso si eso significaba interesarme por la “religión de mamá”.

Dios me había llevado al punto en que sólo quería ayuda. Estaba desesperado, y quizá eso fue bueno para mí. Cuando Dios me llamó, aproveché Su ayuda. Le agradecí que me tendiera la mano para ayudarme.

No sabía cómo criar a hijos. Mis padres no lo sabían. Mi madre era demasiado blanda; mi padre, demasiado duro. Entonces, ¿dónde iba a aprender a educar a mis hijos? Sólo hay una forma de aprender a hacer que la vida funcione, y es que nuestro Padre celestial nos lo muestre.

Cuando entré en la Iglesia, empecé a considerar al Sr. Armstrong como un padre. Mi propio padre tenía muchas carencias; no sabía cómo enseñarme, nadie le había enseñado. Pero vi que el Sr. Armstrong era muy estable. Seguirle me ayudó a estabilizar mi vida y a ser más fuerte. Estaba encantado de encontrar una forma de vida que pudiera resolver mis problemas.

Me di cuenta de cómo el Sr. Armstrong estaba siempre allí manteniendo a la Iglesia en marcha, manteniendo viva la verdad. Había comprobado profundamente, sin lugar a dudas, que era un hombre de Dios. Fue la única persona que me dio lo necesario para que mi vida tuviera sentido y fuera feliz. Me enseñó a amar a Dios, y nunca antes había experimentado algo así.

Si obtiene la ayuda que necesita de Dios, tendrá un impacto real en la Obra de Dios y en la Iglesia. Dios nos hace promesas y cumplirá todas y cada una de ellas. Pero Él exige que hagamos nuestra parte.

A veces tenemos experiencias en las que sabemos que Dios ha hecho un milagro. ¡Nunca queremos olvidar esos milagros! Hay momentos en los que simplemente necesitamos un milagro, y lo conseguimos. Lo conseguimos cada vez que realmente lo necesitamos. Un acontecimiento así es emocionante y conmovedor cuando lo recordamos y pensamos en él.

Para mí, uno de esos milagros fue que Dios me enviara al Ambassador College. Hasta el día de hoy sigo dando gracias a Dios por ello. No se lo agradezco lo suficiente, pero se lo agradezco.

Esto fue muy gratificante para mí. ¡Aquí estaba yo yendo al lugar donde estaba el Elías de Dios del tiempo del fin! ¿Se imagina cuánto apreciaba Eliseo estar con el Elías original? Las Escrituras muestran que lo consideraba todo un honor (p. ej., 2 Reyes 2).

Sin duda, fue un honor para mí asistir al Ambassador College. Poder asistir a clases allí fue una de las grandes bendiciones de mi vida: ¡aprender la maravillosa revelación y verdad de Dios de hombres que realmente enseñaban lo correcto en aquellos días! Y pude escuchar personalmente al Sr. Armstrong, el Elías de Dios.

Si usted realmente ama la ley de Dios, amará el gobierno de Dios y a los hombres que aplican esa ley. Intenté seguir los ejemplos de los ministros lo mejor que pude, y eso me ayudó enormemente.

Cada vez que un ministro me corregía, me beneficiaba de ello. Esa corrección me ayudó a desarrollar una ambición más conforme a Dios. ¿No es como un Padre? Él siempre quiere dar a sus hijos y mostrarles de todas las formas posibles cuánto les ama. Me maravillo cuando pienso en toda el trabajo y la atención que Él ha tenido que invertir en mi vida para llevarme hasta donde estoy ahora. Y Él sigue muy presente, porque dependo de Él total y únicamente; que Dios me ayude si no lo hago. Necesito la corrección de Dios, y la quiero. Si no la recibo, estoy acabado. Si no recibo la corrección de Dios, no causaré más que problemas al pueblo de Dios.

Oh, cuánto amo la ley, escribió Jeremías. ¡Me hace más sabio que todos mis maestros! (Salmo 119:97, 99). Eso ha sido cierto en mi vida y en la de muchos otros. Los hombres que me instruyeron en el colegio me enseñaron tanto de la verdad de Dios, ¿qué les pasó? ¡El 99% de los ministros de Dios se han alejado! Como dijo Jeremías, si nos quedamos con Dios, sabremos más que nuestros maestros.

Después de que esos hombres comenzaran a apartarse de la verdad, llegué a apreciar aún más profundamente el liderazgo del Sr. Armstrong. Empecé a ver el valor de ese hombre para la Iglesia de Dios. Cuando murió, la Iglesia quedó esencialmente sin cabeza. Fue la experiencia emocional y espiritual más terrible por la que he pasado.

Los laodicenos empezaron a hablar de “los males del gobierno de un solo hombre”. ¡Esas palabras proceden directamente de la mente del diablo! ¿Qué hay de las bendiciones del gobierno de un solo hombre cuando ese hombre sigue a Dios? No me importa lo que digan los rebeldes de mente carnal: sé que el gobierno del Sr. Armstrong fue maravilloso. Casi me vuelvo loco después de que murió, cuando ya no teníamos ese maravilloso regalo. ¡Tengo que decir que mi experiencia con el gobierno de un solo hombre fue absolutamente espléndida! Exalto el cargo, no al hombre. El Sr. Armstrong fue una bendición maravillosa durante toda mi vida adulta. Lo sé; lo experimenté.

Herbert W. Armstrong fue para mí una maravillosa figura paterna, como lo fue en su día el apóstol Pablo (1 Corintios 4:15). El Sr. Armstrong dirigió mi corazón hacia Dios el Padre (Malaquías 4:5-6). Estudie su vida, siga su ejemplo y él hará lo mismo por usted.