Medite para obedecer
Transformará lo que leemos, lo que pensamos, lo que hacemos y lo que somos.

Todos los días oramos y estudiamos la Palabra de Dios, pero si no utilizamos una herramienta diaria adicional que Dios nos ha dado, las Escrituras no nos cambiarán en la medida en que podrían hacerlo. Esta herramienta nos ayuda a reconocer cómo la ley de Dios se aplica a nosotros personalmente. Ayuda a maximizar el valor real en nuestro estudio diario.

Esta herramienta es la meditación, un pensamiento enfocado a un tema en concreto dirigido por el Espíritu Santo de Dios.

“Si quiere un estudio bíblico realmente maravilloso, rico y gratificante, deténgase y piense, y haga algo al respecto”, escribió Gerald Flurry en “Selah—¡Deténgase y piense!”. (Visión Real, enero-febrero de 2024).

Todos los grandes líderes de la Biblia lo han hecho. Dios ordena que nosotros también lo hagamos.

Dios instruyó a Josué: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Josué 1:8). El estudio de la ley de Dios siempre estuvo destinado a ir de la mano de la meditación. Observe la instrucción específica aquí: meditarás en la ley de Dios para “que guardes y hagas conforme a todo lo que en [ella] está escrito”. El estudiar la ley de Dios no es suficiente. Para vivir según esa ley, debemos meditar en ella.

El hecho de que Dios ordene la meditación demuestra que no es algo que se hace de forma natural. Necesitamos involucrar activamente nuestra mente, día y noche, no sólo mientras estudiamos o ayunamos una vez al mes.

Meditar para comprender la ley de Dios

“Esto no sólo está diciendo cómo tener prosperidad y buen éxito”, escribe el Sr. Flurry en relación con Josué 1:8. “Dios también está diciendo: no es suficiente solamente conocer la Biblia y portar ciertas escrituras en la billetera o exhibirlas en la pared. No entenderás lo que estoy intentando enseñarte, ¡a menos que medites profundamente en estas cosas y te esfuerces por entenderlas!” (Los profetas anteriores).

Considere el Octavo Mandamiento: no robarás. Usted podría pensar: yo no robo. ¡Completo: autoexaminado! Pero, ore sobre ello. Busque todo el material que pueda sobre ese tema, y estúdielo de verdad. Aprenderá que este mandamiento no sólo prohíbe el acto explícito de apoderarse de la propiedad ajena, sino que también nos exige vivir el camino del dar.

Y piense más allá: ¿cómo se aplica esta ley a mi persona? Por ejemplo, puede darse cuenta de que si le hace perder el tiempo a alguien, en realidad le está robando su tiempo. Eso le llevará a pensar: ¿de que otra forma he sido egoísta con mi tiempo? ¿Cómo he dejado de dar más de mi tiempo a los demás? Se necesita de una profunda reflexión para identificar todas las áreas en las que la ley se aplica en nuestra vida.

“Nada se consigue en la guerra si no es mediante el cálculo”, escribió Napoleón. “Durante una campaña, todo lo que no se considera profundamente en todos sus detalles carece de resultado”. A menos que consideremos profundamente cómo se aplica la ley de Dios a nosotros, es posible que estemos estudiando la Palabra de Dios en vano, sin resultados duraderos.

Medite sobre cómo infringimos la ley

Ahora que vemos cómo se aplica la ley de Dios a nosotros, tenemos que darnos cuenta de las consecuencias de quebrantar esa ley. Una vez más, tenemos que involucrar nuestra mente.

David tenía siempre presente su pecado (Salmo 51:1-3). “David mantuvo ese pecado entre ceja y ceja. Él tenía un cuadro mental claro de su problema (lo mantuvo en la mira) y nunca permitió que volviera a suceder”, escribe el Sr. Flurry. “Y en cualquier momento que ese viejo hombre suyo (esa naturaleza carnal) comenzara a levantarse, ¡David tomaba la ofensiva y lo aplastaba! Así es como él pudo evitar ese pecado y convertirse en un hombre conforme al propio corazón de Dios” (Cómo ser un vencedor).

Al tener ante sí su pasado pecaminoso, David se recordaba una y otra vez que había pecado contra Dios (2 Samuel 12:13). No quería volver a repetir sus errores. Por eso meditaba profundamente sobre lo que el pecado le hace a Dios. Gracias al ejemplo de David, todos tenemos una comprensión más profunda de lo que significa arrepentirse hacia Dios.

¿Por qué necesitamos arrepentirnos ante Dios personalmente? El profeta Natán le dijo a David que había hecho “blasfemar a los enemigos de [el Eterno]” (versículo 14). “Cuando pecamos, le damos a la gente la oportunidad de blasfemar contra Dios. Podemos traer toda clase de problemas a la Iglesia. Porque representamos a Dios” (ibíd.).

Esa es, en parte, la razón por la que nuestro arrepentimiento debe ser hacia Dios. Cuando pecamos, no sólo no obedecemos a Dios, no hacemos Su Obra y no cumplimos nuestra vocación, sino que también damos a la gente la oportunidad de blasfemar contra Dios.

Si meditamos sobre el daño que nuestros pecados le hacen a Dios, a Su Obra y a Su gran plan, comenzamos a entender el por qué necesitamos arrepentirnos ante Él. Además, como señaló David, a causa de nuestros pecados, somos culpables de la propia sangre de Jesucristo (Salmo 51:14). Cuando usted se encuentre en tentación, piense en el precio pagado por el pecado. Recuerde el sacrificio de Cristo y cómo Él y Dios Padre observan las decisiones que tomamos en momentos de tentación. ¡Recuerde que ellos están sentados en un trono, y que prometen compartirlo con nosotros si vencemos! (Apocalipsis 3:21).

Medite sobre cómo aplicar la ley

Si realmente meditamos sobre cómo nuestro pecado causó el sufrimiento y la muerte de Cristo, ciertamente no querríamos repetirlo. La meditación piadosa también puede ayudarnos a aplicar la ley de Dios.

Tomemos, por ejemplo, un pecado recurrente con el que usted tenga dificultad. Visualícese en el momento de su tentación recurrente. Considere cómo le ve Dios en esa situación. Considere cómo Cristo dio Su vida para que Él pueda vivir en usted y así superar ese problema. Medite en cómo Él quiere que usted actúe en esa situación, y luego visualícese haciendo lo correcto. La próxima vez que se encuentre en esa situación, ¡estará preparado para superarla!

Jesucristo también se enfrentó a la tentación. ¿Cuánto le ayudó la meditación sobre las profecías del Antiguo Testamento acerca de Él cuando llegaron esas tentaciones? Él confió plenamente en Dios y utilizó el poder de Dios para vencer, tal y como lo ensayó en Su mente. Nosotros debemos hacer lo mismo.

El Espíritu Santo de Dios le hará recordar su meditación inspirada por Dios en su momento de necesidad y le dará el conocimiento y ¡el poder para vencer! Esa es una promesa de Dios. Cristo dijo: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26).

Medite sobre cómo enseñar

Hay otro aspecto de la meditación que debemos considerar. En el Salmo 51, David escribió: “Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti” (versículos 12-13).

A medida que vencemos, nos preparamos para enseñar la obediencia a las generaciones futuras. Necesitamos meditar en eso. Si se imagina enseñando la ley de Dios a innumerables personas, seguramente no querrá quebrantarla hoy.

Con frecuencia se ha señalado que no se comprende algo realmente hasta que se es capaz de enseñarlo a otros. Un profesor eficaz piensa en cómo puede comunicar a los demás lo que ha aprendido. Una vez más, la meditación es nuestra herramienta para prepararnos para esta tarea. Considere cómo enseñaría uno de los mandamientos de Dios a un grupo de escolares en el Milenio. ¿Qué ejemplos utilizaría? ¿Cómo les explicaría la aplicación de la ley de Dios?

Tendremos una mayor motivación para guardar la ley de Dios hoy en día al imaginarnos a nosotros mismos en el papel de maestros para Dios.

A través del poder de Dios y con las herramientas que Él nos ha dado, podemos romper el dominio del pecado, vencer los problemas recurrentes y dominar la obediencia. La meditación transformará lo que leemos, lo que pensamos y hacemos, y en última instancia, lo que somos.