“Demos victorias a Dios” es el lema que el pastor general Gerald Flurry nos ha transmitido en los últimos años. Quizá Josué sea el guerrero más victorioso de la Biblia. Él condujo a Israel a la Tierra Prometida, logró triunfos espectaculares y milagrosos en batallas, y conquistó a 31 reyes. Dios registró la vida de este hombre para nosotros con detalles dramáticos. Debemos seguir el ejemplo de Josué y darle victorias a Dios.
Josué ocupa un lugar especial en la historia de la Iglesia de Dios de Filadelfia. El Sr. Flurry escribió mucho sobre él en su primer libro El mensaje de Malaquías. Herbert W. Armstrong, el hombre que Dios había utilizado para dirigir su verdadera Iglesia, había muerto y sus sucesores emprendieron un ataque espiritual. “La historia de Josué nos dice cómo dirigir cuando muere un gran hombre, como Moisés.”, escribe el Sr. Flurry. “Estudiando este ejemplo los líderes en Pasadena habrían sabido cómo dirigir (o no dirigir) cuando el Sr. Armstrong murió; y las consecuencias de cada caso. ¡Esto hace a estos libros, muy proféticos!”.
Aunque Moisés había muerto hacía mucho tiempo y Josué llevaba años al mando, Josué mantuvo vivo a Moisés ante los ojos de los israelitas. El Sr. Flurry ha seguido ese ejemplo de forma extraordinaria. Dios comenzó a usar al Sr. Flurry para dirigir Su verdadera Iglesia cuando tenía 54 años. Durante las décadas siguientes, ha hecho frente al engaño de los líderes traidores de la Iglesia, ha luchado por la verdad y ha levantado una tras otra las ruinas de la Obra de Dios que había sido destruida. Ya entrado en sus 90 años, él sigue trabajando, luchando y dirigiendo la atención hacia el Sr. Armstrong y al Dios del Sr. Armstrong. En el ámbito espiritual, el Sr. Flurry es una figura parecida a Josué: leal, obediente, fiel, inquebrantable y dispuesto a luchar.
Fuerza y valor
Josué nació esclavo. Su juventud estuvo marcada por la opresión, las amenazas, las privaciones y la esclavitud. Por razones obvias, los esclavos tienen una mentalidad servil y temerosa. Sin embargo, en la mente de este hijo de Nun había algo especial. La Biblia nos lo da a conocer cuando nos presenta a Josué.
“Entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidim. Y dijo Moisés a Josué: Escógenos varones, y sal a pelear contra Amalec…” (Éxodo 17:8-9). Poco después de su salida de la esclavitud, esta multitud de esclavos recién liberados se enfrentó a un ejército atacante, y Moisés le delegó a Josué la defensa física, de vida o muerte, de millones de personas. Este joven de unos veintitantos o treintaitantos años, ya debía destacar entre los hombres por su mentalidad, su espíritu y su carácter. No tenía la mentalidad de un esclavo, ¡sino la de un capitán!
Los hombres de Israel carecían de las armas y el entrenamiento necesarios para resistir a este ejército que se acercaba. Pero Josué estaba bien armado con el recuerdo de lo que había presenciado semanas antes. Dios había golpeado a Egipto con plagas milagrosas y protegido a los israelitas. Había liberado a Su pueblo y dirigido la marcha con una columna de nube y fuego. Otros olvidaron esos milagros, pero no Josué.
A las órdenes de Moisés, él respondió con una actitud de “sí, señor”.Él reunió a los hombres, consiguió armas, hizo formaciones y dio órdenes. Este hombre de acción inspiraba respeto entre ese pueblo propenso a rezongar.
Dios estaba con Israel pero permitió que los amalecitas atacaran y entraran en combate. Los hombres de Israel tuvieron que luchar. Por encima del tumulto Moisés apeló a Dios alzando sus brazos en alto. Y en el campo de batalla, en medio de las estocadas, los sablazos y los gritos, los soldados experimentaron la diferencia: avanzaban cuando el líder humano de Israel alzaba sus brazos hacia el Líder espiritual y retrocedían cuando bajaba sus brazos por el agotamiento (versículos 9-11). Aarón y Hur sostuvieron las manos de Moisés, y Josué prevaleció contra Amalec (versículos 12-16).
Qué lección tan poderosa fue esta para Josué. Aprendió a liderar con acciones, aprendió la guerra luchando, aprendió a mirar hacia el gobierno de Dios y aprendió a vencer sacando fuerzas de Dios y llevándose la victoria.
Dios forma guerreros a través de la guerra. A veces nos protege de dificultades que no podemos soportar (Éxodo 13:17). Sin embargo, a menudo nos deja caer en dificultades que pensamos que no podemos manejar, pero sí podemos con Su ayuda (1 Corintios 10:13). En esos desafíos, necesitamos estudiar y creer, y luego actuar según esa fe. Todos necesitamosdesafíos y dificultades. ¡Ésa es la única manera de confiar en Dios y darle victorias!
Fe en la adversidad
Dios se ocupó de la formación de Josué mediante pruebas y experiencias y a través de la enseñanza directa de Moisés. Josué se empapó de esas experiencias. Estuvo con Moisés durante acontecimientos clave, tal como ascender con él al monte Sinaí (Éxodo 24:13). Él vio el gobierno de Dios en acción. Se formó en la ley de Dios. Dios tenía en mente un puesto de liderazgo para Josué, como lo tiene para usted, y está moldeando sus experiencias.
Cuando Israel llegó a la Tierra Prometida, Moisés envió a este joven como uno de los 12 espías. Los espías regresaron con grandes elogios para la tierra pero con un aterrador “mal reporte” de sus habitantes (Números 13:32-33). Josué y Caleb habían visto a estos mismos habitantes y otros obstáculos, pero ambos reaccionaron con fe. En un discurso inspirador hablaron de afrontar con entusiasmo esas amenazas y dificultades con la ayuda de Dios (Números 14:6-9). Esta es la actitud positiva, apasionada y llena de fe que necesitamos para alcanzar victorias espirituales.
El pueblo incrédulo quería apedrear a Josué y Caleb por lo que dijeron (versículo 10). Pero estos dos hombres obedecieron la ley de Dios de no tener temor de ninguno (Deuteronomio 1:17). Aun así, Dios decidió que la nación incrédula debía esperar 40 años para entrar en la Tierra Prometida. Ver cómo se le escapaba esa recompensa y aceptar esa decisión debió de ser muy duro para Josué, pero no dejó que eso lo amargara. Esa adversidad lo forjó en un líder aún más fuerte, uno que podría suceder a Moisés y finalmente conducir al pueblo a Canaán.
Incluso después de la muerte de Moisés, Josué fue el “servidor de Moisés” (Josué 1:1). En cierto sentido Josué desempeñó ese papel hasta que él mismo murió, ¡casi cuatro décadas después!
El consejo de Dios a los guerreros
El libro de Josué, que documenta la conquista de Canaán, comienza cuando Josué es un anciano, ¡probablemente de unos 70 años! Este hombre sabía cómo esforzarse y confiar en Dios para tener fuerzas. Incluso siendo ya anciano, ¡le dio a Dios muchas victorias! Las lecciones que podemos extraer de él se aplican a todos nosotros, mayores y jóvenes.
En Josué 1, Dios le instruyó sobre cómo lograr victorias. No le enseñó tácticas de combate, formaciones, estrategia, armas, o entrenamiento físico riguroso para soportar las exigencias del combate, ni ejercicios mentales para desarrollar la capacidad de recuperación, pensamiento crítico, manejo del estrés, habilidades en la recopilación de información o logística, ni manejo de recursos. Lo que Dios le enseñó, más que cualquier otra cosa, fue fe.
Dios dirigió toda la operación. Le dijo a Josué adónde ir y qué hacer, y le dijo:“… estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé” (versículo 5).
“Solamente esfuérzate y sé muy [o completamente] valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó…” (versículo 7). ¡Estos preciosos versículos son la instrucción directa de Dios a un guerrero sobre cómo luchar y obtener victorias! Debemos entregarlo todo, luchar en cuerpo y alma. ¡La acción logra mucho! (Mateo 11:12).
Se necesita valor para obedecer a Dios y seguir toda palabra de las instrucciones del hombre de Dios. Pero así es como se consigue la victoria: no se desvíe de esas instrucciones. Asegúrese de que cada paso esté en consonancia con el estándar que Dios ha establecido. Por naturaleza, pensamos que tenemos una opción mejor. Y es especialmente fácil pensar así cuando la persona a la que hay que someterse, ¡está muerta! Pero Dios dijo: ¡No! Esas instrucciones vinieron de mí, ¡y Yo sigo aquí! Obedézcalas y prosperará y obtendrá victorias. El Sr. Flurry es un ejemplo excelente. Hasta el día de hoy, además de consultar a Dios y Su Palabra, se pregunta continuamente: ¿Cómo manejó esto el Sr. Armstrong?
Josué era un guerrero fuerte, pero Dios le advirtió que no fuera tímido ni se desanimara (Josué 1:9). Sabía que conquistar la Tierra Prometida sería duro. Nuestra respuesta natural ante las pruebas es el miedo y la consternación. Pero recuerde: “El Eterno tu Dios estará contigo”. Eso hace que la vida, incluso cuando es desafiante, ¡tenga sentido y sea estimulante! Dios quiere que toda nuestra vida sea una lucha desafiante, fortalecedora e inspiradora; ¡una guerra gratificante, una buena batalla que nos conduzca a la Tierra Prometida!
“El libro de Josué nos muestra porqué él ganó batalla tras batalla tomando posesión de la Tierra Prometida; él pudo derrotar a 31 reyes y finalizar su trabajo”, escribe el Sr. Flurry. “Sobre todo, este libro nos muestra cómo Josué exaltó a Dios. Esta es la única forma en que podemos alcanzar la Tierra Prometida” (Los profetas anteriores). Esa es la clave: exalte a Dios y ganará sus batallas.
Ponga a Dios en primer lugar
Cuando los israelitas cruzaron el río Jordán hacia la Tierra Prometida, Josué les ordenó que siguieran el arca del pacto y que marcharan “en pos de ella” (Josué 3:3). Él le estaba enseñando al pueblo la clave de la victoria: Sigan a Dios. Josué no puso a los mejores guerreros al frente. Él puso el arca al frente, el símbolo del trono de Dios y de la presencia de Dios.
La palabra más importante en la frase “demos victorias a Dios” es, Dios. Necesitamos que Él nos guíe en la batalla.
“A Josué le encantaba trabajar para Dios. Sabía que cuando uno le sirve a Dios verdaderamente, Él hace milagros maravillosos en nuestra vida”, escribe el Sr. Flurry. “Josué llamó a Dios ‘el Dios viviente [que] está en medio de vosotros’ (versículo 10). Como resultado de esta actitud, ¡Josué y
la nación disfrutaron de maravilla tras maravilla!”. Dios puede darle a usted “maravilla tras maravilla” con victorias y milagros de energía, salud, clima, finanzas, relaciones, comprensión, crecimiento.
Con el arca encabezando la procesión, las aguas del río se detuvieron como si estuvieran represadas por un muro de cristal, ¡y los israelitas cruzaron en seco! (versículo 17). Siga este ejemplo y ponga a Dios en primer lugar en su vida, ¡y podrá esperar milagros! “¡Tenemos que confiar en el Dios de milagros para terminar esta Obra! Debemos asegurarnos que estamos poniéndolo a Él al frente, en donde todos puedan verlo. (…) Debemos estar siempre exaltando a Dios. ¡Debemosponer a Dios completamente en el centro del escenario! ¡Él debe ser el punto focal! Eso es lo que hace que todo funcione” (ibíd.).
Josué sabía que los israelitas olvidarían esta tremenda experiencia, del mismo modo que sus padres olvidaron el milagro del mar Rojo. Él ordenó a un hombre de cada tribu que tomara una piedra del lecho seco del río y la llevara a la otra orilla. Construyó un monumento en la orilla para que sirviera de recordatorio perpetuo de este milagro (Josué 4:6-8). También ordenó que se hiciera otro monumento en el lecho del río, que luego quedó cubierto por el agua (versículo 9). Como explica el Sr. Flurry en Los profetas anteriores, esto demuestra cuánta profundidad hay en las acciones y milagros de Dios cuando ahondamos en ellos.
¡Dios quiere que Su pueblo recuerde los milagros que Él hace por nosotros! (versículos 22-24). Cuando los olvidamos, nos alejamos de Dios, de caminar por la fe y de luchar en el campo de batalla con Él. Para obtener más victorias, debemos recordar esos milagros y actuar en consecuencia.
‘¿Qué dice mi Señor?’
Josué era tenaz, siempre dispuesto a hacer cosas difíciles por Dios. Dios le ordenó volver a “circuncidar la segunda vez a los hijos de Israel” (Josué 5:2). Por impopular que esto hubiera sido, Josué tenía una actitud de “sí, señor”. Se había ganado el respeto del pueblo y era capaz de comandarlo, inspirarlo y unificarlo, incluso haciendo algo tan personal, difícil y doloroso (versículos 3-8).
En otro episodio extraordinario, una figura intimidante con espada en mano se acercó a Josué. Este hombre de 75 años marchó directamente hacia aquél, y le preguntó desafiante: “¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?” (versículo 13). Sin darse cuenta él acababa de confrontar a un Ser Divino. ¡Al “Príncipe del ejército de [el Eterno]”, quien más tarde se convertiría en Jesucristo! Cristo se identificó aquí como un comandante militar. En cuanto Josué se dio cuenta de ello, mostró un profundo respeto inclinándose ante su Capitán (versículos 14-15).
Josué fue un guerrero audaz y agresivo, pero al mismo tiempo un modelo de sumisión: a Moisés, mucho después de su muerte, y, más importante aún, al Dios de Moisés. Esa es la actitud que necesitamos para dar victorias a Dios. Debemos ser profundamente humildes, buscando la voluntad de Dios: “¿Qué dice mi Señor a su siervo?”. Cada uno de nosotros debe ser muy receptivo a nuestro Capitán, buscando Su dirección a diario.
La toma de Jericó
Las batallas de conquista de Israel comenzaron con Jericó, una ciudad formidable. Dios ordenó a Josué que colocara a los sacerdotes, que llevaban el arca, delante de todo el pueblo y que marcharan en silencio alrededor de la ciudad durante siete días. Josué se aseguró de que siguieran con precisión estas extrañas instrucciones (Josué 6:6-16). Sus acciones hablaron por sí solas y pusieron claramente la atención en Dios.
Lo que sucedió a continuación fue una prueba irrefutable, para los israelitas y para sus enemigos, ¡de que Dios estaba peleando sus batallas! En el séptimo día, esta gente que cruzó el río Jordán sin siquiera mancharse de barro los pies, dio siete vueltas alrededor de la ciudad. Los sacerdotes tocaron las trompetas, el pueblo gritó y, ¡Dios derribó los muros de la fortaleza! (versículo 20).
Dios nos pide que hagamos cosas que a veces no entendemos. Si confiamos en Él y le obedecemos, Él cuidará de nosotros. Lo que hizo de Josué un guerrero tan exitoso no fueron sus tácticas de batalla, sino su fe y su obediencia. Conéctese con Dios, ¡y luego ponga todo su empeño!
“Dar victorias a Dios” se refiere a que Dios es nuestro Comandante. Usted no tiene que diseñar su propio plan de batalla. Usted no está dándose victorias, sino que está poniendo en práctica lo que Dios le indica que haga.
Derrota, luego victoria, en Hai
Un israelita, Acán, había desobedecido las instrucciones de Dios para la conquista de Jericó (Josué 7:1). Codició algo de riqueza y la tomó, pensando que podría ocultarla sin repercusiones. Nosotros también tenemos la tentación de desobedecer, de codiciar, de actuar según nuestros impulsos egoístas y descartarlo como si no tuviera importancia. ¡Pero sí hay consecuencias! Dios lo sabe. El pecado crea problemas para su familia, para una Iglesia, para una nación. De hecho, ¡es una amenaza para la seguridad nacional!
Josué no se dio cuenta del pecado y envió hombres a explorar a Hai, la siguiente ciudad a conquistar (versículos 2-3). Estos versículos no mencionan a Dios; los israelitas no hicieron ningún esfuerzo por obtener las instrucciones de Dios para la batalla. Tal vez se habían vuelto complacientes después de Jericó. Después de obtener una victoria, es fácil volverse autosuficiente y atribuirse el mérito de lo que Dios hizo.
Sorprendentemente, los hombres de Hai, que eran “pocos”, ¡derrotaron a los israelitas y consiguieron matar a36 hombres! (versículos 4-5). Esta era la primera batalla que Josué había perdido, y él estaba desolado. Acudió directamente a Dios y buscó una explicación (versículos 6-9).
El Sr. Flurry señala este punto crucial: “Comprenda que, si quiere ser un gran hombre como Josué, ¡tiene que aprender a recuperarse de una batalla perdida de vez en cuando! El hecho de perder una batalla, ¡no significa haber perdido la guerra!” (ibíd.). Cuando sufra una derrota, o tal vez Dios le corrija por algo que hizo mal, ¡no se desanime! Luche contra esa tendencia, ¡o nunca obtendrá victorias! La mayoría de las batallas a las que nos enfrentamos y las victorias que debemos ganar son contra nuestra propia naturaleza humana.
Dios le dijo a Josué: “Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha pecado…” (versículos 10-11). Dios lo corrigió severamente. El problema no era la fuerza humana, los recursos, la inteligencia, las estrategias ni las tácticas sino la obediencia. La amenaza no era un espía extranjero en medio de ellos sino un hermano desobediente.
“Aquí hay una gran lección. Cuando dejamos de ganar nuestras batallas, ¡el pecado es la causa! Y aunque una sola persona lo había hecho, probablemente había otras que lo sabían y pensaban que no era su problema. Pero incluso si sólo una persona peca, hay pecado en la congregación, ¡y hay que sacarlo!” (ibíd.). Las victorias espirituales requieren acción en nuestra fe y pureza en nuestra obediencia.
Dios le dijo a Josué exactamente cómo manejar esto. Cuando Josué recibió esas instrucciones, se arrepintió profundamente. Obedeció al instante llevando a cabo esas instrucciones sin transigir (versículos 16-26). Josué temía a Dios, no al hombre. Él, “levantándose de mañana”, se dirigió directamente al culpable y envió hombres que literalmente corrieron a la tienda donde estaban escondidos los bienes prohibidos, y luego ejecutó a Acán, aparentemente todo en el mismo día.
Para dar victorias a Dios, debemos tener temple. No podemos ser tímidos a la hora de cumplir las instrucciones de Dios, incluso cuando son severas. Una de las mayores debilidades de Israel antes y ahora es la blandenguería; el no estar dispuesto a enfrentarse al mal con la fuerza suficiente. Enfrentarse al pecado a medias conduce a la derrota. Josué demuestra que un espíritu guerrero inquebrantable conduce a la victoria.
Una vez abordado este pecado, Dios le dio a Josué un plan de batalla detallado (Josué 8). Dios le ordenó a Josué y a los hombres de guerra que salieran, y Él libró la batalla por ellos, ¡y no perdieron ni un solo soldado!
Una lección más del ejemplo de Josué: después de esta victoria, Josué leyó la ley, incluyendo las bendiciones y maldiciones, ante toda la congregación (versículos 34-35). Lo reitero, después de una victoria es fácil atribuirse el mérito y volverse complaciente. Josué se aseguró de que eso no ocurriera como después de Jericó. ¡Él les recordó cada palabra!
¡Audacia en la batalla!
Poco después, cinco reyes a la vez vinieron contra Israel (Josué 10:5). La respuesta de Josué demostró su espíritu de lucha más que ningún otro episodio.
Josué se levantó con todos sus guerreros y Dios le dijo que la victoria era suya. Con fe, Josué entró en acción, ¡lanzando un ataque sorpresa! Lucharon toda la noche. Ellos mataron a muchos soldados enemigos y persiguieron a los que escaparon. Dios estaba ganando la victoria, pero lo estaba haciendo a través del creer, obedecer y actuar de los israelitas. Dios incluso intervino añadiendo una milagrosa tormenta de granizo, aniquilando con aún más soldados enemigos que los israelitas (versículos 7-11).
Sin embargo, la mayor intervención milagrosa durante la batalla contra los amorreos aún estaba por llegar.
A medida que avanzaba el día, Josué temió que el sol poniente diera cobertura a los soldados restantes que huían. Audazmente dijo ante todo su ejército: “¡Sol, detente sobre Gabaón; y tú, luna, en el valle de Ajalón!” (versículo 12). Sí, él de hecho dio órdenes de detener el sol para que los israelitas pudieran seguir luchando y terminar la tarea que Dios había mandado. ¡Qué guerrero!
¿Cómo actúa usted cuando la batalla se pone dura? ¡Dios quiere que siga adelante! ¡Acabe el trabajo!
Dios amaba este espíritu en Josué. Dios respondió: “Y el sol se detuvo y la luna se paró, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos. (…) Y no hubo día como aquel, ni antes ni después de él, habiendo atendido [el Eterno] a la voz de un hombre; porque [el Eterno] peleaba por Israel” (versículos 13-14). ¡Dios recibió órdenes de Josué! ¡Nada es demasiado difícil para nuestro gran Creador!
Después Josué les dijo a los israelitas: “No temáis, ni os atemoricéis; sed fuertes y valientes, porque así hará [el Eterno] a todos vuestros enemigos contra los cuales peleáis” (versículo 25). ¡Qué lección! En nuestra guerra, no debemos contenernos. ¡No sea tímido! Sea fuerte; ¡tenga confianza!
Los versículos 28-43 registran victoria, tras victoria, tras victoria. Y todas ellas siguen esta misma fórmula: seguir la guía de Dios, obedecerle por completo, actuar con valentía en fe y esperar de Él el triunfo.
Victoria total
En aquellas zonas que Josué conquistó, logró la victoria total: “Hirió, pues, Josué toda la región de las montañas, del Neguev, de los llanos y de las laderas, y a todos sus reyes, sin dejar nada; todo lo que tenía vida lo mató, como [el Eterno] Dios de Israel se lo había mandado” (Josué 10:40). Como lo ha enfatizado el Sr. Flurry, las victorias parciales no son suficientes.
“Cuando Josué hizo la guerra, él aniquiló al enemigo”, escribe el Sr. Flurry. “… Dios sí ordenó a Israel que expulsara a esa gente de la Tierra Prometida porque sabía que si permanecían allí, alejarían a los israelitas de Dios. Sabía que Satanás utilizaría a esa gente como arma para destruir lo que Dios estaba construyendo en Israel, ¡la nación con la que se proponía salvar al mundo!” (ibíd.).
Esta es una lección crucial para separarnos del mundo. Debemos dejarlo, ¡renunciar a él por completo!
Los primeros 12 capítulos de este libro registran entre cinco y siete años de lucha, lo que sitúa a Josué a finales de sus 70 o principios de sus 80 años cuando la tierra fue dividida.
Fiel hasta el final
Josué vivió una vida larga, audaz, orientada a la acción y llena de fe (Josué 24:29). Décadas después de entrar en la Tierra Prometida y justo antes de morir, Josué dio sus últimos sermones a los israelitas (Josué 23-24). Todo el pueblo era por lo menos una generación más joven que él, quien tenía cerca de 110 años. Estas son las palabras de un guerrero espiritual mucho más anciano y poderoso. ¡Los israelitas necesitaban aferrarse a Dios aferrándose a estas palabras! (Josué 23:8).
Hasta el final, Josué seguía enfatizando fielmente las instrucciones de Moisés su predecesor (versículo 6). El Sr. Flurry destacó este ejemplo en su primer libro, El mensaje de Malaquías. Y ha seguido dirigiéndonos a todos a su predecesor, ¡a lo largo de las décadas transcurridas desde entonces hasta el día de hoy! Es un ejemplo conmovedor, como el de Josué. Esos pasajes de El mensaje de Malaquías cobran así mayor sentido.
Josué advirtió sobre no enredarse con los paganos que aún quedaban en la tierra (versículos 11-13). Debemos amar a Dios y resguardar vigilantemente nuestras mentes para aferrarnos a la herencia que Dios nos da. Josué les advirtió directamente a ellos (y a nosotros) contra la influencia del mundo. Somos tan susceptibles, pero si nos dejamos llevar por el mundo sufriremos su destino (versículos 15-16).
Josué concluyó con esta poderosa advertencia: “Ahora, pues, temed a [el Eterno], y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a [el Eterno]. Y si mal os parece servir a[el Eterno], escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a [el Eterno]” (Josué 24:14-15). Absolutamente nada podía apartar a Josué de Dios. Su actitud fue: ¡Obedeceré y serviré a Dios aunque tenga que hacerlo solo! ¡Cada uno de nosotros debe ser capaz de estar solo pero firme para Dios, ¡si fuera necesario!
Eso es lo que nuestro pastor general ha hecho desde el principio de la Iglesia de Dios de Filadelfia hasta hoy. Es un ejemplo como el de Josué que todos debemos emular si queremos dar a Dios victorias en nuestras vidas.
Los israelitas respondieron que todos estaban de acuerdo (versículos 16-18). Pero el libro de los Jueces y el resto de la historia de los israelitas en la Tierra Prometida, muestran que no vivieron a la altura de este compromiso.
¿Y qué de usted?