Durante los tenebrosos días de la Guerra Civil estadounidense, el presidente Lincoln enfrentó un caso que reveló tanto su precisión como abogado como su profundo sentido de misericordia.
Un joven soldado de la Unión había desertado de su puesto, un acto castigable con la muerte según la ley militar. En tiempo de guerra, la deserción no era un asunto menor. Pero Lincoln miró más allá de los hechos y consideró los antecedentes.
El muchacho había sido influenciado, persuadido por voces en el norte que se oponían a la guerra. Estos hombres manipulaban la multitud en reuniones públicas, despertaban emociones, sembraban dudas y convencían a los familiares para que escribieran a casa diciéndoles a los soldados que estaban luchando por una causa mala bajo una administración malvada.
Lincoln escribió: “¿Debo fusilar a un soldado ingenuo que deserta, mientras que no puedo tocar un cabello del astuto agitador que lo induce a desertar? Esto no es menos perjudicial cuando se logra llevando a un padre, hermano o amigo a una reunión pública. (…) Creo que en tal caso, silenciar al agitador y salvar al muchacho, no sólo es constitucional, sino además, una gran misericordia”.
Lincoln atacó la fuente del problema. ¿Por qué castigar sólo al que fue arrastrado engañosamente e ignorar al que sembró el engaño divisivo en primer lugar?
Esta decisión no era un mero asunto político. Reflejaba un equilibrio de justicia y misericordia, dos de los aspectos “más importantes de la ley” de los que habló Jesucristo (Mateo 23:23).
La pregunta de Lincoln, en principio, es un tema principal del Día de Expiación, uno de los festivales anuales de Dios en otoño. En este día, Dios no sólo castigará al engañado sino que tratará con el engañador. Silenciará al mayor agitador de todos.
De guerra civil a guerra cósmica
La Biblia llama a este agitador claramente: “… dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás” (Apocalipsis 20:2). Él es príncipe de la potestad del aire, un león rugiente, el padre de mentiras, el acusador de los hermanos, Abadón y Apolión, Destrucción y Destructor (Efesios 2:2; 1 Pedro 5:8; Juan 8:44; Apocalipsis 12:10; 9:11). Cada título es una pista de cuán concentrado está en dañar la reconciliación entre Dios y el hombre.
No siempre fue así. Job 38 nos lleva de regreso a un tiempo antes de la rebelión, antes de la división, un tiempo en el que los ángeles cantaban juntos, cuando “se regocijaban todos los hijos [creados] de Dios” al presenciar cómo Dios creaba la Tierra (Job 38:4-7). Aquí Dios evoca un recuerdo dulce e inspirador, un tiempo en el que todo lo físico y espiritual estaba en completa unidad y armonía. Ese recuerdo también es doloroso y amargo, considerando la realidad divisiva que vino después.
En el tiempo cuando Dios habló con Job, Lucero y un tercio de esos ángeles ya se habían vuelto en contra de su Creador. Y Dios ya había creado un día santo dentro de Su plan maestro de salvación que ilustra el momento en que el caído Lucero y sus ángeles serían encadenados y arrojados a un abismo (Apocalipsis 20:1-3).
Ceremonia del Día de Expiación
En el antiguo Israel, el Día de Expiación se marcaba con una ceremonia única, descrita en Levítico 16. Se seleccionaban dos cabras, se echaban suertes: una “por el [Eterno]”, la otra “por Azazel” (versículo 8). La palabra hebrea Azazel significa “quitar, separar”, y fuentes antiguas lo identifican como el nombre de un espíritu maligno (Gesenius’ Hebrew-Chaldee Lexicon).
Un macho cabrío era sacrificado, simbolizando la muerte expiatoria del Verbo que se convirtió en Jesucristo. El otro, que representaba a Satanás, tenía los pecados del pueblo confesados sobre él y era enviado al desierto.
Este no era un “chivo expiatorio” en el sentido moderno de un inocente que carga con la culpa. Este macho cabrío representaba al instigador del pecado humano, el que tiene la máxima responsabilidad de engañar a la humanidad. ¡Él es el agitador de todos los agitadores!Así como Lincoln puso el peso de la culpa sobre el astuto agitador y no sobre el simple soldado, Dios pondrá la responsabilidad de los pecados de la humanidad sobre Satanás mismo.
Apocalipsis 20 muestra el cumplimiento: “Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él…” (versículos 1-3).
Esta es una escena bastante impactante, ¡y que presenciaremos, pues habremos sido transformados a espíritu al regreso de Cristo! Quizás Miguel sea este ángel autorizado para atar a Satanás y “hacerlo callar”, silenciarlo durante mil años liberadores. Consideremos lo que podrían decirse Miguel y Satanás. Antiguamente cantaron y se regocijaron juntos; en este momento, uno ata al otro y lo encierra.
Sólo podemos imaginar cómo se sintieron Dios y el Verbo: ¡crear seres que terminaron rebelándose y luchando contra ellos! Dios no se complace en la muerte de los malvados (Ezequiel 33:11), por lo que ciertamente no le da gusto ejecutar esta orden contra Satanás y un tercio de Sus hijos creados. Pero Dios hace lo que es necesario para que la expiación sea posible.
Hay ocasiones en las que debemos tomar medidas similares para mantener la unidad en la Familia de Dios (p. ej., 2 Tesalonicenses 3:6, 14-15). No nos complace hacerlo, pero ver el ejemplo de Dios debería fortalecernos para hacer lo que debemos.
La expiación del mundo está por venir, pero la nuestra ya ha comenzado. Hemos sido llamados a vivir en un estado de unidad con Dios ahora, en medio de la mayor conmoción espiritual en la historia de la humanidad. Eso significa silenciar activamente la influencia de Satanás en nuestras vidas.
Aquí hay tres maneras en que las Escrituras nos muestran cómo hacerlo.
1) Estar en unidad con Dios
Cuando Jesús murió, sucedió algo que cambió todo: “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo…” (Mateo 27:51). Ese velo no era un símbolo pequeño. Representaba la barrera del pecado entre Dios y el hombre. El sacrificio perfecto de Cristo lo rasgó, abriendo el acceso directo a Dios el Padre.
Durante 4.000 años, la humanidad no tuvo acceso directo al que llegaría a ser el Padre. Pero ahora, como dice Hebreos 10, hay una nueva realidad espiritual maravillosa: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe…” (versículos 19-22).
Estar en unidad con Dios es vivir diariamente en la realidad de ese acceso, sin darlo por sentado, sin permitir que el pecado vuelva a levantar la barrera. Significa humillarnos a través del ayuno, clamar por Su ayuda, y declarar al Padre como lo hizo Cristo (Juan 17:6).
Cuando valoramos ese acceso, no permitimos que el agitador nos aleje de él. Le resistiremos acercándonos a Dios (Santiago 4:7-8). Y cada vez que lo hacemos, estamos cumpliendo personalmente la realidad espiritual que representa el Día de Expiación.
Estar en unidad con Dios significa aprovechar al máximo ese acceso. Ayunamos para humillarnos. Oramos diariamente para ser preservados del maligno (Juan 17:15). Nos acercamos con confianza al trono de la gracia (Hebreos 4:16), porque tenemos un Sumo Sacerdote que intercede por nosotros (Hebreos 7:25-26) y un Padre misericordioso que sabe quién es el verdadero agitador.
Así como Lincoln extendió su misericordia a aquel soldado y responsabilizó principalmente al agitador, Dios desea extender misericordia a nosotros cuando nos arrepentimos de nuestros pecados, ¡porque Él también sabe que Satanás es el principal culpable!
Dios nos ama, y mostró Su amor al ofrecer a Su Hijo para quitar la barrera del pecado entre Él y nosotros. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).
2) Estar en unidad entre nosotros
Eso nos impone una responsabilidad: “Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros” (1 Juan 4:11). Cuando los hermanos son difíciles de amar, consideremos toda la misericordia y el amor que Dios nos ha mostrado. A medida que practicamos ese amor, disfrutamos de una tremenda unidad como resultado directo. El amor de Dios silencia al agitador porque no deja espacio para que la división eche raíces.
“Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros” (versículo 12). ¡La redacción aquí implica que podemos ver a Dios en los demás con este amor! El amor ágape de Dios es el mayor de todos los frutos del Espíritu (1 Corintios 13:13). Lucas 11:42 añade el amor a la justicia, la misericordia y la fe, como un aspecto de “los más importantes de la ley” (Mateo 23:23).
Durante la Guerra Civil, Lincoln siempre buscó crear unidad dentro del liderazgo nacional y entre la nación. Al comienzo de la guerra, indultó a un joven condenado a muerte por quedarse dormido durante su guardia. “No podía imaginar ir a la eternidad con la sangre de ese pobre joven en mis manos”, dijo.
El acto de misericordia y amor de Lincoln motivó a este joven a seguir luchando y arriesgar su vida por la causa. El joven más tarde murió en combate, y se le encontró con una fotografía de Lincoln que decía: “¡Dios bendiga al presidente Abraham Lincoln!”
Los actos de misericordia de Dios hacia nosotros nos motivan a seguir luchando y dar nuestra vida a la causa de la Familia Dios.
“Abraham Lincoln sabía profundamente por qué tenía que continuar el conflicto más sangriento de la historia de Estados Unidos. ¡Estaba luchando por la libertad!”, escribió Gerald Flurry. “Hoy, ¡debemos comprender nuestra búsqueda para traer la verdadera libertad a este mundo! Tenemos un mensaje vital que proclamar y una obra que realizar. ¡Y se trata de ‘un nuevo nacimiento de la libertad’! Daremos paso a ‘una nueva nación, concebida en la libertad y dedicada al principio de que todos los hombres son creados iguales’. ¿Qué tan real es ese futuro para usted?” (Visión Real, septiembre-octubre de 2022).
Este tipo de liderazgo construye unidad entre las tropas. Este es el tipo de liderazgo que Dios espera de nosotros cuando Satanás esté encadenado y reemplacemos a sus secuaces en la Tierra. Este mundo ha carecido de justicia, misericordia, fe y amor; ahora estamos aprendiendo a vivir y, con el tiempo, a dar esto a la humanidad. Silenciamos al agitador con este amor.
3) Traer al mundo a la unidad con Dios
El mundo entero sigue hoy cegado por el agitador (2 Corintios 3:14). El velo del pecado sigue siendo una barrera que bloquea el acceso de ellos a Dios. ¡El Día de Expiación anticipa el día en que el velo será quitado en las vidas de todos los hombres! (versículo 16).
El profeta Isaías previó el día en que Dios “destruirá (…) el velo que envuelve a todas las naciones” (Isaías 25:7). Ese será un día de libertad y justicia para todos, cuando Satanás esté encadenado, y el conocimiento de Dios cubra la Tierra.Cuando Satanás esté aprisionado, veremos millones de hijos engendrados por nuestro Padre, ¡y los amaremos a todos! (1 Juan 5:1).
Nuestro llamado es prepararnos para ese día. Estamos siendo entrenados ahora para pensar como Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Tenemos que aprender a amar al mundo como Dios lo ama, para que cuando finalmente se silencie al agitador, ayudemos a traer a toda la humanidad a la unidad con el Padre y el Hijo.
“Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17). ¡Pronto, el mundo entero experimentará esa libertad, impulsada por el Espíritu!
¡Regocíjese!
“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18). “¡Dios nos lleva a una relación donde podemos, espiritualmente, contemplar la ‘gloria del Señor’! Él quiere que lo veamos. (…) Llegará un momento en que no sólo veremos a través de un cristal oscuro. ¡Una vez que seamos cambiados a espíritu, contemplaremos la gloria plena del Hijo y del Padre! Esa relación alcanzará su nivel más alto” (Visión Real, marzo-abril de 2006).
Ese es el maravilloso futuro de la unidad que nos espera a todos. Y llegará sólo después de que se haya silenciado al agitador.
La sabiduría de Lincoln aún habla: silencia al agitador, salva al muchacho. El plan de Dios lleva ese principio a su cumplimiento definitivo. En el Día de Expiación, celebramos la certeza de que el mayor agitador de todos será encadenado y silenciado.
Hasta entonces, lo silenciamos en nuestras propias vidas, estando unidos con Dios, unidos unos con otros, y preparándonos para llevar al mundo a esa misma unidad con Él. La unidad de Job 38 será restaurada. Y todos los hijos de Dios —esta vez, hijos verdaderos, nacidos del Espíritu— ¡nuevamente cantaremos juntos y nos regocijaremos!