En el volumen 6 de la biografía de Winston Churchill escrita por Martin Gilbert, Finest Hour [La hora más gloriosa], aparece una carta del general Hastings Ismay al general Claude Auchinleck, fechada el 2 de agosto de 1941, que describe el carácter de Churchill como líder de guerra.

“Churchill no podía ser juzgado según los criterios ordinarios; era diferente de cualquier persona que hubiéramos conocido antes, o que pudiéramos llegar a conocer después”, escribió Ismay. “… Su valor, entusiasmo y laboriosidad eran ilimitados, y su lealtad era absoluta. Ningún comandante que se enfrentara al enemigo tendría que temer jamás no recibir apoyo”.

Más adelante en esta carta, el general Ismay hizo esta extraordinaria declaración: “Tenía el corazón y el alma enteros puestos en la batalla, y era un apóstol de la ofensiva” (énfasis mío en todo el texto).

Un apóstol de la ofensiva. Cuanto más pienso en esa frase, más me doy cuenta de cuán perfectamente describe lo que Dios requiere de Su pueblo hoy día.

La Iglesia remanente fiel de Dios en esta era laodicena es dirigida por un apóstol; y desde el principio, toda esta Obra ha consistido en librar nuestra guerra espiritual a la ofensiva.

¡Ese hombre tiene que ser “un apóstol de la ofensiva”! Pero esa no es sólo una frase para un hombre. Es una comisión para todos nosotros. Dios quiere un apóstol que esté a la ofensiva; y eso significa que todos nosotros estemos a la ofensiva. Dios quiere que vayamos a este mundo con un mensaje poderoso de Dios Mismo. De eso se trata esta Obra.

Profetiza otra vez

Herbert W. Armstrong cumplió esta comisión: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14). ¡En todo el mundo! ¡Todas las naciones! ¿Capta la magnitud de esa comisión? Este es un testimonio a todas las naciones. ¡Dios quiere que cada persona en la Tierra tenga acceso a este mensaje!

El Sr. Armstrong verdaderamente fue un apóstol de la ofensiva. Usted tiene que serlo para cumplir ese cargo espiritual, especialmente en este mundo malvado.

Apocalipsis 10:11 nos da nuestra comisión dada por Dios en esta era laodicena: “… Es necesario que profetices otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”. (Para una explicación detallada de este versículo, solicite un ejemplar gratuito de nuestro folleto Profetiza otra vez).

El Sr. Armstrong salió y profetizó a este mundo con todo lo que tenía. Ahora Dios nos dice: Háganlo de nuevo. Vuelvan a salir con ese mismo mensaje, y alcancen a muchos pueblos y naciones: la mayor audiencia posible. Eso es lo que la Iglesia de Dios de Filadelfia se ha esforzado por hacer desde que comenzamos en 1989.

Además, he escrito unos 70 libros y folletos, casi todos los cuales contienen nueva revelación de Dios. Dios sólo haría eso por medio del cargo de un apóstol (Efesios 3:5). Se trata de un asombroso conjunto de verdades que debe llegar a manos de un mundo que sufre.

¡Dios quiere que cada persona en la Tierra escuche este mensaje! Y para hacer eso, usted debe estar a la ofensiva. No puede quedarse sentado a esperar que la gente venga a usted. Tiene que ir a ella. ¡Tiene que esforzarse, empujar y luchar!

Churchill dijo: “La ofensiva es tres o cuatro veces más difícil que soportar pasivamente día tras día. Por lo tanto, requiere toda la ayuda posible en las primeras etapas”. ¡Dar ese primer gran paso es enormemente difícil!

Continuó: “Nada es más fácil que sofocarla en la cuna. Sin embargo, quizá aquí radique la seguridad”. Si usted quiere estar seguro, póngase a la ofensiva. Eso suena contradictorio. Pero Churchill sabía que era cierto, y Dios también lo sabe.

La palabra ofensiva significa acción agresiva, pasar al ataque. ¡Eso es lo que Dios pide de Su pueblo: no una resistencia pasiva ni un cuidado cauteloso de lo que ya tenemos, sino una proclamación agresiva que hace avanzar Su verdad!

Estamos aquí para alcanzar a la mayor audiencia posible con el mensaje más grandioso alguna vez entregado a este mundo. Eso requiere dinero, esfuerzo y sacrificio. Requiere el corazón y el alma de personas que se niegan a retroceder. Dios no quiere personas que simplemente mantengan su posición. ¡Él quiere soldados que ganen terreno!

Un líder de guerra sin igual

El general Ismay también dijo acerca de Churchill: “Estaba muy por encima de cualquiera que Gran Bretaña o cualquier otra nación pudiera producir. Era indispensable y completamente irremplazable”.

Un gran líder hace posible que todos los que lo rodean se eleven a un nivel más alto. Provee visión cuando no la hay. Infunde valor cuando, de otro modo, prevalecería el miedo.

Ismay continuó: “Su conocimiento de la historia militar era enciclopédico, y su comprensión del amplio panorama de la estrategia no tenía rival”. Churchill dedicó toda una vida a estudiar la guerra: leyendo sobre ella, escribiendo sobre ella, viviéndola. El resultado fue una mente capaz de ver todo el campo de batalla cuando otros sólo veían el terreno bajo sus pies. “Sentía un considerable respeto por la mente militar adiestrada”, dijo Ismay, “pero se negaba a suscribir la idea de que los generales fueran infalibles o tuvieran el monopolio del arte militar”.

Churchill citaba a menudo al almirante Horatio Nelson y su Memorando de Trafalgar: “Ningún capitán puede equivocarse mucho si coloca su barco al costado del de un enemigo”. No maniobren sin fin, decía. ¡No vacilen, entren en la lucha! Acorten la distancia con el enemigo. ¡Pongan su barco justo al lado del suyo! ¡Entren en combate!

Churchill tomó muy en serio esa lección. Tenía el corazón y el alma enteros puestos en la batalla. Cuando otros aconsejaban paciencia, Churchill presionaba, instaba y exigía acción.

“La idea de que era grosero, arrogante y egoísta era completamente errónea”, escribió Ismay. “No era nada de eso. Ciertamente era franco al hablar y al escribir, pero esperaba que los demás fueran igualmente francos con él. A un joven brigadier del Cuartel General de Oriente Medio, que había preguntado si podía hablar con libertad, le respondió: ‘Por supuesto. ¡No estamos aquí para hacernos cumplidos!”. Churchill quería la verdad. Quería conocer el estado real de la guerra: no halagos, no evaluaciones cómodas, sino la verdad.

Dios quiere lo mismo de nosotros. Quiere personas que estén dispuestas a enfrentar la realidad, que no suavicen el mensaje para hacerlo más agradable, que digan a este mundo exactamente lo que necesita oír. Eso es lo que hace un profeta y un vigilante. ¡No suaviza la advertencia para no herir sentimientos, la entrega porque de ella dependen vidas! ¡Eso es lo que se necesita para profetizar otra vez! Eso requiere ponerse a la ofensiva.

“Apóstol de la ofensiva” es muy apropiado para nuestra obra. Esa es una de las declaraciones, o títulos, más inspiradores que he oído.

La responsabilidad del vigilante

He aquí otra comisión de Dios que debemos cumplir: “A ti, pues, hijo de hombre, te he puesto por atalaya [vigilante] a la casa de Israel, y oirás la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte” (Ezequiel 33:7).

¡Esta no es una asignación pequeña! El vigilante ha sido puesto sobre el muro por Dios Mismo. Su trabajo es ver lo que viene, oír la palabra de la boca de Dios y advertir al pueblo. No insinuar ni sugerir con suavidad, sino “amonestarlos de mi parte”.

Dios continúa: “Cuando yo dijere al impío: Impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, pero su sangre yo la demandaré de tu mano” (versículo 8). Si el vigilante no advierte, la sangre recae sobre sus manos. ¡Así de en serio toma Dios esta comisión!

“Y si tú avisares al impío de su camino para que se aparte de él, y él no se apartare de su camino, él morirá por su pecado, pero tú libraste tu vida” (versículo 9). Aun si la gente no escucha, hemos cumplido nuestro trabajo. Eso es todo lo que podemos hacer. Pero debemos hacerlo. ¡Dios no lo pasará por alto si permanecemos en silencio!

“Diles: Vivo yo, dice [el Eterno] el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” (versículo 11). ¡Vuélvanse y vivan! Ese es el mensaje de Dios para este mundo. ¡Arrepiéntanse! Cambien. No les gusta oír eso, pero es lo que necesitan oír.

Vea cómo lo plantea Dios: ¿Por qué moriréis? Les está rogando que se vuelvan. Pero también es claro: si no se vuelven, morirán por su iniquidad. El amor de Dios y la justicia de Dios no están en conflicto; y el vigilante tiene que entregar ambos lados de ese mensaje. No basta con decirle a la gente que Dios la ama; también tenemos que decirle lo que Dios requiere. Ese es el mensaje completo.

Esta profecía concluye: “Pero cuando ello viniere (y viene ya), sabrán que hubo profeta entre ellos” (versículo 33). Aquí vemos que este vigilante también era un ¡profeta! Cuando todo se haya dicho y hecho, cuando las profecías se hayan cumplido, la gente de este mundo —la casa de Israel en particular— recordará y sabrá que un profeta estuvo entre ellos. Fue una voz enviada por Dios, y no escucharon. Al final, esta Obra será vindicada.

Los frutos están allí; el testimonio está saliendo. ¡Pero necesitamos hacer todo lo que podamos para asegurarnos de que sepan que el mensaje de este profeta fue enviado por Dios! No lo sabrán a menos que difundamos el mensaje. Y la única manera de que eso suceda es que nos pongamos a la ofensiva.

El ejército de Gedeón

En los días de los jueces, Israel estaba bajo ataque de los madianitas, y Dios levantó a Gedeón para librarlos. Gedeón reunió un ejército, pero Dios le dijo: “El pueblo que está contigo es mucho…” (Jueces 7:2).

Dios le indicó a Gedeón que dijera al pueblo: “Quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase desde el monte de Galaad”. De los 32.000 soldados, 22.000 aceptaron la invitación de Gedeón a marcharse (versículo 3). Aquellos hombres tenían miedo, y Dios dijo: Váyanse. No los quiero aquí.

Este es un pasaje notable. Dios tenía un ejército, y despidió a la mayor parte de él porque tenían miedo. No trató de animarlos ni de fortalecerlos. Los envió a casa. Así es como se siente Dios respecto al miedo en Sus soldados.

Dios dijo que los 10.000 que quedaban todavía eran demasiados. Así que hizo que Gedeón los sometiera a una prueba: hizo que fueran a un manantial a beber agua y le dijo a Gedeón que despidiera a todo soldado que se arrodillara para beber, que conservara sólo a aquellos que permanecieran vigilantes, listos para luchar incluso mientras bebían, que simplemente se agacharan sin arrodillarse y llevaran el agua a sus labios con la mano.

Sólo 300 de los hombres pasaron esta prueba (versículo 6). Trescientos hombres estaban tan ansiosos por la batalla que ni siquiera se arrodillaron junto al agua. La lamieron de sus manos y permanecieron listos para luchar. Dios escogió a esos hombres porque el hecho de lamer el agua era un reflejo de su carácter: eran hombres que estaban pensando en la lucha. Esos eran los soldados de Dios con mentalidad de ofensiva.

“Entonces [el Eterno] dijo a Gedeón: Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos; y váyase toda la demás gente cada uno a su lugar” (versículo 7). Trescientos hombres es todo lo que Dios necesitaba. Esos 300 no tenían miedo. Estaban listos para luchar. Sabían que Dios estaba detrás de ellos, y eso bastaba.

Si usted no está ansioso por luchar, perderá batallas cruciales. No podemos pelear a medias. Churchill dijo que el gran principio de pasar a la ofensiva es ser tener una entrega total. Si usted entra al campo de batalla a medias, vacilará; y cuando vacila, pierde, física y espiritualmente.

Aquellos hombres que se inclinaron a beber no eran necesariamente cobardes. Es posible que fueran buenos combatientes. Pero no tenían suficiente hambre ni suficiente urgencia. Mentalmente se habían permitido un momento de comodidad antes de la batalla. Dios lo notó y los envió de regreso.

¿Cómo aborda usted la Obra? ¿Tiene urgencia y hambre? ¿O se ha permitido una cómoda distancia de la batalla? Dios busca personas que ansíen pelear y ponerse a la ofensiva. Esos tenemos que ser nosotros. ¡Estamos justo en medio de la batalla! No tenemos el lujo de arrodillarnos y descansar cuando hay una guerra que pelear.

El error de McClellan

La Guerra Civil ofrece un ejemplo aleccionador de lo opuesto. En la batalla de Antietam, el general George McClellan tenía unos 180.000 hombres en las listas del ejército. De estos, 70.000 estaban “ausentes con permiso”, el cual había sido otorgado por oficiales de compañía. El presidente Abraham Lincoln señaló que, si esos hombres hubieran estado presentes, ¡McClellan podría haber rodeado a Lee, capturado a todo el ejército rebelde y terminado la guerra de un solo golpe! Pero estaban ausentes, así que la guerra se prolongó.

¡Vergonzosamente, durante la Guerra Civil ocurrieron 7.300 deserciones al mes! Y, encima de eso, McClellan estaba otorgando permisos, lo cual, según Lincoln, era casi tan malo como la deserción.

El problema del general McClellan no era falta de conocimiento, era falta de espíritu combativo. ¡Amaba tanto a sus hombres que no quería llevarlos a la batalla! Los puso por encima de la causa.

El resultado fue una guerra que duró mucho más de lo que debió, y que costó muchas más vidas de las necesarias. La compasión mal dirigida es un terrible fracaso del liderazgo.

McClellan pensó que podía ganar la guerra con mera estrategia. ¡Pero la estrategia sin acción no gana nada! Hay que pelear. Sólo entonces importa la estrategia.

¡Dios está formando generales! ¡Vamos a sentarnos en el trono de David con Jesucristo como reyes y sacerdotes! Debemos estar preparándonos para esa responsabilidad ahora, en la manera en que vivimos, peleamos, damos y sacrificamos.

La armadura de Dios

El pueblo de Dios no pelea en un campo de batalla físico, pero nuestra guerra es igual de real. “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).

Tenemos que pelear y vencer las “huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. ¡Esta es una guerra feroz contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo: Satanás y sus demonios!

Pablo lo sabía de primera mano. Fue golpeado, naufragó, fue encarcelado y, en última instancia, ejecutado; no por algo malo que hiciera, sino porque estaba a la ofensiva por Dios en un mundo gobernado por Satanás. ¡No se retiró ni suavizó el mensaje, presionó con más fuerza! ¡Desde la prisión escribió algunas de las cartas más poderosas de toda la Biblia! ¡Verdaderamente fue “un apóstol de la ofensiva”!

“Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (versículo 13). No se derrumbe ni retroceda. No abandone el campo. ¡Manténgase firme!

“Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (versículos 14-16). Cada pieza de esta armadura es fundamental: la verdad, la justicia, la obra del evangelio, la fe. ¡Con el escudo de la fe, usted puede desviar cada dardo que Satanás le lance: cada ataque, duda y desánimo!

“Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (versículo 17). La mayor parte de la armadura es defensiva. ¡Pero la espada del Espíritu es un arma ofensiva! ¡Dios le da una espada para que pueda ponerse a la ofensiva! Para eso es. Usted necesita estudiar profundamente su Biblia. Conozca las doctrinas de Dios. Use esa preciosa verdad para guiar su toma de decisiones. Aplique lo que lee en las Escrituras. Eso le asegurará tener ese cinturón de la verdad, esa coraza de justicia, ese escudo de la fe. ¡Salga y use esa arma ofensiva!

Piense en la imagen que Pablo está pintando. Usted está de pie en un campo de batalla, completamente armado, con el escudo en alto y la espada en la mano. Esa no es la imagen de alguien que se esconde. ¡Es un soldado, y los soldados pelean! Dios no da Su armadura a personas que pretenden sentarse en un rincón a esperar el regreso de Cristo. La da a personas que se proponen entrar en combate, que van a tomar esa espada del Espíritu, la Palabra de Dios, y usarla para alcanzar a un mundo perdido y moribundo.

Pablo continúa: “Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí…” (versículos 18-19). Oren siempre, los unos por los otros y por el ministerio de Dios. Yo realmente necesito sus oraciones. Ahora tengo 91 años de edad y últimamente no he tenido mucha energía. Una de las principales razones por las que soy capaz de seguir trabajando son sus oraciones. En verdad necesitamos orar los unos por los otros. ¡Y nuestras oraciones deberían realmente significar algo! Cada uno de nosotros debería tener oraciones que tengan un impacto. No subestime lo que sus oraciones logran cuando ora en el Espíritu por mí, por los ministros de Dios, por Su Obra y por los demás.

Pablo prosiguió: “Por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar” (versículo 20). Pablo no estaba en prisión por mantener la boca cerrada. ¡Fue a prisión porque estaba hablando con denuedo por Dios! ¡E incluso en prisión, Pablo quería ser aún más audaz! Desde su celda, se puso a la ofensiva. Escribió cartas, enseñó y exhortó. ¡La Palabra de Dios no estaba presa, ni siquiera cuando Pablo lo estaba!

Qué maravilloso ejemplo dio este hombre de guerra ofensiva.

La Iglesia de Dios de Filadelfia fue fundada el 7 de diciembre de 1989, cuando dos hombres fueron despedidos y expulsados de la Iglesia de Dios Universal por negarse a transigir con la verdad de Dios. Esa es la base sobre la que se asienta esta Obra: un rechazo absoluto a renunciar a la verdad que Dios reveló a través del Sr. Armstrong.

Ese espíritu debe continuar. Ser parte de esta Iglesia remanente fiel requiere que cada persona haga ese mismo compromiso: No transigiré. No retrocederé. Me aferraré a la verdad de Dios cueste lo que cueste.

Hable con valentía

Pablo le escribió a Timoteo: “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 2:1). ¡Dios quiere que seamos fuertes! Obtenemos esa fortaleza no de nosotros mismos, sino de Cristo. Y con esa fortaleza, nos ponemos a la ofensiva.

“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (versículo 2). Pablo quería más maestros, más personas que pudieran llevar adelante el mensaje. Ese es el efecto multiplicador de la ofensiva: una persona fiel enseña a otra, que enseña a otra, y el mensaje se propaga.

“Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (versículo 4). Somos soldados. Y no estamos aquí para agradarnos a nosotros mismos ni para estar cómodos. Estamos aquí para agradar a aquel que nos escogió.

“Palabra fiel es esta: Si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él; si le negáremos, él también nos negará” (versículos 11-12). Dios promete que, si sufrimos, también reinaremos con él. El sufrimiento y el reinado van juntos. No se puede tener la corona sin la lucha.

Pablo estaba al final de su vida cuando escribió esta epístola. La concluyó con esta devastadora declaración: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta” (2 Timoteo 4:16). ¡Todos lo desampararon! Qué terrible acusación contra esa gente. Aquí había un apóstol que lo daba todo por Dios, que se ponía a la ofensiva desde la prisión, y su propia gente lo abandonó.

¡Qué momento tan solitario debe haber sido ese! El hombre que había dado toda su vida a la Obra de Dios, que había sido golpeado, encarcelado y naufragado en su servicio, estaba de pie en su defensa final, sin nadie a su lado. Todos me desampararon. Sin embargo, Pablo no se desanimó ni se amargó. Dijo: No les sea tomado en cuenta. Ese es el carácter de alguien que verdaderamente ha interiorizado el espíritu de la ofensiva, peleando por Dios e incluso peleando por las personas que lo decepcionaron.

Ese es el carácter que Dios está forjando en nosotros. No debemos cometer el error de aquellos que abandonaron a Pablo. Debemos estar entre los 300 que lamen el agua de sus manos y siguen corriendo. ¡Soldados que vencen su miedo para permanecer en la lucha, que colocan sus barcos justo al costado del enemigo!

La casa de Israel y el mundo entero sabrán que un profeta estuvo entre ellos. Cuando recuerden este tiempo, van a ver lo que Dios edificó aquí por medio de un apóstol y de un pueblo que se negó a retroceder.

Al final, nuestra recompensa —sentarnos en el trono de David con Jesucristo, gobernar la Tierra y luego el universo— vale cada batalla que libremos.