Abraham Lincoln fue uno de los más grandes pensadores de la historia humana. Con quizá sólo un año de educación formal, se enfrentó al renombrado orador Stephen Douglas en siete debates públicos en 1858 sobre la moralidad de la esclavitud. En aquellos intercambios, Lincoln desmanteló los argumentos de Douglas y sostuvo una verdad vital de la Declaración de Independencia: todos los hombres están dotados por su Creador de derechos inalienables.
Muchos atribuyen el éxito de Lincoln a su dominio de la gramática, su amor por la literatura y su pasión por la poesía. Sin embargo, Lincoln señaló una fuente diferente. Poco antes de su elección como presidente en 1860, el ministro congregacionalista John Putnam Gulliver le preguntó cuál era el secreto de su oratoria. El honesto Abe dio una respuesta sorprendente.
“En el transcurso de mis estudios de derecho me topaba constantemente con la palabra demostrar”, dijo Lincoln. “Al principio creí que entendía su significado, pero pronto me convencí de que no era así. (…) Consulté el Diccionario de Webster. Este hablaba de ‘prueba cierta’, ‘prueba más allá de toda duda’; pero no lograba hacerme una idea de qué clase de prueba era esa. (…) Por fin dije: ‘Lincoln, nunca podrás ser abogado si no entiendes lo que significa demostrar’; y dejé mi trabajo en Springfield, regresé a la casa de mi padre y me quedé allí hasta que fui capaz de demostrar cualquier proposición de los seis libros de Euclides con tan sólo mirar”.
Euclides, el antiguo matemático griego, escribió Elements [Elementos], una obra superada sólo por la Biblia en ejemplares vendidos. Partió de cinco postulados y cinco nociones comunes tan evidentes que ni siquiera los escépticos podían ponerlas en duda. A partir de estos postulados y nociones, demostró rigurosamente verdades acerca de las figuras geométricas mediante la deducción lógica. Esta clase de razonamiento matemático se convirtió en el secreto de Lincoln.
Lincoln aplicó ese razonamiento euclidiano en una anotación de su diario de julio de 1854 sobre la esclavitud: “Si A puede demostrar, por concluyente que sea, que tiene derecho a esclavizar a B, ¿por qué no podría B tomar el mismo argumento y demostrar igualmente que puede esclavizar a A?”, escribió. “Usted dice que A es blanco y B es negro. Se trata, pues, del color; ¿el más claro tiene derecho a esclavizar al más oscuro? Tenga cuidado. Por esta regla, usted ha de ser esclavo del primer hombre que encuentre con la piel más clara que la suya. (…) ¿Quiere decir que los blancos son intelectualmente superiores a los negros y, por lo tanto, tienen derecho a esclavizarlos? Tenga cuidado de nuevo. Por esta regla, usted ha de ser esclavo del primer hombre que encuentre con un intelecto superior al suyo”.
Tal razonamiento expuso la vacuidad de cualquier argumento a favor de la esclavitud. No es el color ni el intelecto lo que da a las personas un derecho igual a la vida, la libertad y la propiedad. Más bien, es el hecho de que todos los seres humanos están hechos a imagen de Dios (Génesis 1:26). Una vez que se acepta esa premisa, la igualdad de derechos se deduce de forma tan evidente como la noción de Euclides de que “las cosas que son iguales a una misma cosa también son iguales entre sí”.